Amparo Dávila, la cuentista que reescribió su historia

Por Arazú Tinajero y Alejandro Ortega Neri

El 21 de febrero de 2023 se cumplirán cien años del nacimiento de la escritora zacatecana Amparo Dávila, como lo constata el Registro Civil de su natal Pinos, aunque luego la autora de “El huésped” decidiera nacer en 1928. Amparo Dávila, poeta y cuentista, creadora de mundos con huéspedes indescifrables e incómodos, con entes que chillan en la cocina y culpas que se cuelan por debajo de la puerta, no quedó exenta de inventarse una historia para sí misma.


Tras su muerte el 18 de abril de 2020, y luego de un homenaje luctuoso convocado por El Reborujo Cultural, recibimos un mensaje de texto que versaba más o menos así: “Como veo que eres admiradora de Amparo, te comparto esto”. Era una foto del Censo de Población de 1930 que registraba que en ese momento Amparo Dávila tenía ocho años de edad. “Año de nacimiento aproximado: 1922”.

La remitente era Verónica Imelda Vázquez Torres, coterránea de Amparo, promotora cultural de ese municipio y escritora con una historia familiar cercana a los Dávila. El dato no era nuevo, aunque sí poco conocido, y el olfato periodístico nos dijo que estaba cerca su centenario, un pretexto más para compartir el legado de la decana del cuento en México.


En medio de la pandemia que nos obligó a recluirnos y luego a salir a la calle con la mitad del rostro cubierta, nos reunimos con Verónica en un café del centro de la ciudad de Zacatecas para conversar sobre este hallazgo que inició con la conformación del expediente para solicitar el nombramiento de Pinos como Pueblo Mágico. En la recopilación de información sobre los personajes ilustres del municipio, las indagaciones trastocaban el dato divulgado hasta entonces como año de nacimiento de Amparo Dávila: 1928.


Verónica recurrió a Family Search, una página en internet operada por La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que ofrece registros genealógicos y en la que encontró un primer dato: de acuerdo con el Censo Nacional de 1930, Amparo tenía ocho años de edad y habitaba la casa con el número cinco, donde vivía con su padre Luis Dávila y su madre Lidia Robledo.

Sin embargo, al buscar en los libros del Registro Civil de ese año, también disponibles en Family Search, no encontró el nombre de Amparo Dávila; cual personaje de alguno de sus cuentos, se escabullía de la mirada del lector hasta que, tras una búsqueda en varios de los índices de los libros de esos años, la maestra de lo siniestro hizo su aparición estelar en el correspondiente a 1923.


“Número 25

María Amparo Dávila

En la Cabecera del Municipio de Pinos, Estado de Zacatecas, a las 10 horas del día 19 de marzo de 1923, ante mí, Ciudadano Carlos Cisneros, Regidor 1° de esta localidad, en funciones de Juez del Estado Civil, por impedimento del Ciudadano Manuel Dávila por ser pariente del interesado, compareció el Señor Luis Dávila, casado civil y canónicamente, quien expuso: que el 21 de febrero, como a las 13 horas y 30 minutos del día en esta misma población en la avenida Colón, número 29, nació viva su hija legítima, a quien le puso por nombre María Amparo Dávila, la que hubo (sic) en su esposa la Señora Lidia Robledo…”

Fue en 1958, año en que contrajo matrimonio con el artista plástico y escultor Pedro Coronel - de quien también acaba de corregirse su fecha de natalicio- cuando Amparo Dávila, la niña que jugaba a crear pociones con hojas y piedras, que empezó a escribir cuentos mientras cursaba la primaria y poemas en su educación secundaria, cambió oficialmente su año de nacimiento. En el Registro Nacional de Población aparece ya la fecha del 21 de febrero de 1928.

Amparo Dávila reescribía su historia y parecía eliminar de su línea de tiempo los primeros años de su vida, esos en Pinos; “los más tristes de su vida”, única respuesta de la escritora a pregunta expresa de Verónica sobre su verdadera edad. “Ella lo que pretendía era borrar el pasado doloroso que tuvo por la falta de atención de sus padres, su madre, sobre todo, que estaba sumida en esa depresión por la pérdida de su hermano menor que le quitó toda atención a ella”. Los años en Pinos que, sin embargo, marcarían su literatura.


Huéspedes en Pinos

“Pinos, el pueblo donde nací, es el pueblo de las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez, es también Luvina donde sólo se oye el viento de la mañana a la noche, desde que uno nace hasta que uno muere. Situado en la ladera de una montaña y como rodeado de nubes, desde lejos parece algo irreal, con sus altas torres, las calles empedradas en pronunciado declive y largos y estrechos callejones. Pinos es un viejo y frío pueblo minero de Zacatecas con un pasado de oro y plata y un presente incierto de minas y tiros abandonados”.


Así describió Amparo Dávila al pueblo en Apuntes para un Ensayo Autobiográfico que el Ayuntamiento de Pinos editó en 2005 y en el que, en apenas 14 páginas, la escritora resume en viñetas su vida tanto fuera como dentro de las casas que habitó ahí, una de las cuales conocimos por invitación de Verónica.


Viajamos hacia allá una mañana de domingo, cuando ya languidecía septiembre de 2020. Pinos, situado a 125 kilómetros al sureste de la capital zacatecana, cerca de la frontera con San Luis Potosí, fue un importante bastión minero que formó parte del Camino Real de Tierra Adentro, reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 2010.


Su nombre evoca a los gigantescos árboles que uno imagina se verán al llegar, pero de ellos nada queda. Lo único que emerge de entre las viejas construcciones son los conocidos chacuacos, un tipo de chimeneas que dan cuenta del pasado glorioso de la minería, pero que hoy, como escribió Amparo, son sólo tiros abandonados que le han dado, entre otras características, un rasgo pintoresco para ser nombrado uno de los seis Pueblos Mágicos de Zacatecas.


Llegamos a la cabecera antes de las 11 horas de una mañana soleada y con mucho movimiento. Apenas nos internamos en las callecitas del centro, la maravilla de Pinos comenzó a emerger: avenidas empedradas, fachadas vetustas pero coloridas y un trajinar incesante de un día de tianguis. Nosotros lo que buscamos inmediatamente eran los rastros de ella, de Amparo y sus demonios.


Cerca de la casona donde viviera Luis de la Rosa Oteiza, ilustre político mexicano, situada en la calle que lleva su nombre, nos esperaba Gabriel Edmundo Torres Muñoz, conocido en el pueblo como “Profe Meme”, un maestro de primaria, ex titular del Instituto Municipal de Cultura y quien sería encargado de conducirnos a una de las casas donde creció Amparo Dávila. Ubicada en la calle Hidalgo, es actualmente propiedad de la maestra María Dolores García Rojas, quien viajó desde Aguascalientes ese fin de semana para recibirnos, pues además de ser la heredera de la casa, conoció a la escritora en su infancia.


Apenas atravesar el umbral de la vivienda, el tiempo es otro. Así nos lo hicieron sentir los valses que sonaban de fondo, el piso de adoquín original y los muebles con su tapicería de otro siglo de la pieza a la que nos invitaron a pasar para esperar a la maestra Lolita. Habíamos llegado a la casa donde Amparo Dávila se inspiró para su cuento “El huésped”.


“Siempre la vi delgadita, como que estaba así, de carácter serio, con un rictus de tristeza, yo creo que se debía a su estado de salud… Yo siempre fui muy juguetona, muy cantona, me gustaba todo, pero a ella como que no, como que era más calladita, más reservada”, dice la maestra Lolita mientras se apodera del espacio, una oficina de techos altos, pintada de amarillo con guardapolvos en rosa y dos ventanas enormes que arrojaban luz sobre el retrato en sepia de quien fuera su padre.


El papá de Lolita y el de Amparo habían sido amigos cercanos y ellas se conocieron durante su niñez y parte de su juventud, pues a pesar de que a los siete años de Amparo cambiaron su residencia a San Luis Potosí, las visitas a Pinos eran constantes por las propiedades y negocios de Luis Dávila. Sería hasta “los 14 ó 15 años”, tras la separación de sus padres, cuando Lolita le perdería la pista a Amparo, con quien, de por sí, hablaba poco debido a su seriedad y a cierta distancia de algunos años.


La casa con el número cinco en la calle Hidalgo, donde Amparo había crecido, pasó a ser propiedad de dos parientes de su padre y las tías de Lolita habían sido amas de llaves hasta que su familia terminó por heredarla. Una casa con fachada de cuatro ventanas, una puerta justo en medio que da paso a un pequeño zaguán y luego al patio central, alrededor del cual se distribuyen todas las habitaciones.

-Arazú: ¿Qué experiencias tiene de vivir en esta casa? Amparo Dávila cuenta mucho de lo que ella vivió aquí, lo que narra en sus cuentos son recuerdos de Pinos, recuerdos de la casa. ¿Para usted cómo fue la experiencia de habitar este mismo espacio?

-Lolita: Para mí, de mucha comodidad y mucho aprecio por haber sido de mis familiares y de la familia de Amparito, tuvimos mucho contacto con ella.

-Arazú: ¿A usted le ha tocado ver algo de lo que narra Amparo Dávila?

-Lolita: No, no. Nunca tuve experiencia en eso. Anteriormente se hablaba mucho de espíritus, de quien sabe qué, pero de aquí de la casa relativamente (sic), no.


Eso afirmaba la maestra Lolita en entrevista, pero poco a poco, apenas inició el recorrido por la casa, los fantasmas hicieron su aparición. Camas que giraban, luces que se encendía y apagaban a voluntad propia, cobijas arrancadas, sombras que atravesaban habitaciones y llamados a la puerta tras los que sólo estaba el viento, son las historias que recordaron de su niñez las sobrinas de la maestra, hasta que ella misma reconoció haber escuchado voces que la llamaban, aunque no dejó de atribuirlas a “los ecos”.


“Mi tía Pachita, que fue de las herederas de la casa, se levantaba y nos decía, ¿por qué me rompieron las macetas en la noche?”, narra una de las sobrinas de la maestra Lolita, y nos hace recordar el cuento que Amparo tituló “Óscar” y en el que narra: “Cuando todos se habían retirado a sus habitaciones Óscar salía del sótano. Sacaba entonces el agua del pozo y regaba las macetas cuidadosamente y, si estaba enojado, las rompía estrellándolas contra el piso; pero al día siguiente había que reponer todas las macetas rotas, pues él no soportaba que disminuyeran, siempre tenía que haber el mismo número de macetas.”


Esto, como muchos otros pueblos, es Pinos para quienes han vivido en él. Así nos lo hizo saber también Verónica, quien dijo haber pasado una niñez similar a la de Amparo y a la de otros tantos niños del pueblo. “Nunca me he atrevido a hacer una crítica literaria de su obra, pero al leerla, obviamente, para mí resulta muy natural… Todo lo que ella cuenta es verdad.” Ahí caímos en cuenta que, mientras para muchos lectores de Amparo sus historias son literatura de lo fantástico, lo insólito y lo terrorífico, para ellos son historias reales.

Pinos, inmortalizado en la obra de Amparo Dávila

“Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba”.


Las palabras escritas por Amparo Dávila comenzaron a palpitar en la cabeza dejando un eco sonoro en el ambiente de esa mañana que de pronto pareció lúgubre. Después de la última pieza en donde los fantasmas se manifestaron en la memoria, se abría ante nuestros ojos el cuarto en el que la escritora se inspiró para crear su cuento más famoso, “El huésped”.


La voz de las anfitrionas que nos daban el recorrido se apagó ahí, fueron apenas murmullos, como cuidando no hacer ruido para no despertar a alguien. “Este es el cuarto de El huésped” atinó a decirnos “Profe Meme”. La pieza, como describe Amparo en el cuento, está en la esquina del patio y efectivamente es grande, húmeda y oscura; parece que además del tiempo, pasó por ahí también un fuego que tiznó la pintura original que aún se conserva: una combinación de un verde esmeralda con un tono amarillento.

Decoran la habitación dos cuadros con imágenes religiosas; una cama mullida, una mesita y sus sillas; un burro de planchar, una cómoda, elementos de limpieza y una jaula vacía. Ahí pernoctaban quienes ayudaban con el mantenimiento de la casa, nos informan, pero nosotros sabemos que ese espacio le pertenece al huésped, a quien imaginamos ahí comiendo carne antes de sus acechos nocturnos, con sus grandes ojos amarillos sin parpadeo.


No huele tanto a humedad como lo haría parecer la pintura deslavada de la parte alta de los muros o las vigas de madera centenaria, ahora hinchada, que sostienen el techo. Pero sí existe el olor del abandono, de las habitaciones solas que dejan también un sabor a herrumbre fácil de masticar. Ilumina la pieza un solitario foco que cuelga desde lo alto que, si se apagara y las gruesas puertas de madera se cerrarán, la oscuridad sería total y el miedo de Amparo comprensible.


Al salir de la habitación es imposible no imaginar desde fuera a las dos mujeres del cuento, la narradora y Guadalupe, bajando los pasadores de esa puerta, cerrándola con llave y tapizándola con tablas hasta clausurar el cuarto para luego abrazarse llorando, mientras dentro, un día se dejaron de escuchar ruidos. La muerte repentina y desconcertante del huésped.

Así iniciaba un recorrido por otros espacios que Amparo Dávila inmortalizó en su obra, pues tras dejar la casa donde creció la escritora, “Profe Meme” nos guió, al igual que hizo con ella en 2008, a otros escenarios presentes en su literatura. Primero, otra de las casas que habitó y en la que se inspiró para escribir el cuento “El patio cuadrado”, desde donde “se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura… uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado.” Hoy, una ferretería.

Luego, el Jardín Juárez o Hundido que aparece en Apuntes para un Ensayo Autobiográfico como ese lugar al que Amparo acudía después de comer para pasar las tardes de su infancia. Un parque “con su estanque más hundido aún que el mismo viejo parque, su fondo estaba lleno de lama y musgo, hierbas acuáticas y piedras por donde los peces desaparecían, peces de colores que brillaban y relucían, como si fuera de oro y plata, cuando los tocaba la luz del sol.”


Amparo Dávila no olvidó Pinos. A pesar de que reescribió su historia prescindiendo de esos años más tristes, la esencia de ese viejo pueblo minero, oscuro, frío, lleno de sombras y aullidos del viento está impresa en su universo creativo. En sus últimos años, Amparo enfrentaría nuevamente sus miedos al volver al lugar donde nació y pasó su infancia, donde sus habitantes se reconocen ya en sus narraciones y ella, finalmente, es reconocida en el pueblo que inmortalizó.

Nuestro encuentro con el Pinos de Amparo Dávila finalizó a la hora del crepúsculo, cuando ya se había convertido en el pueblo fantasma que todos dicen que es. “Profe Meme” era el encargado de despedirnos. Para él, parte del equipo promotor del nombramiento como Pueblo Mágico, del reconocimiento a Amparo con la publicación de Apuntes para un Ensayo Autobiográfico y Salmos bajo la luna, así como del grupo de personas que también conocía la información sobre el verdadero año de nacimiento, sigue siendo una interrogante el cambio de fecha, pero decidió conservar y continuar difundiendo el dato más conocido.


“A las mujeres no se les pregunta la edad. Yo nací el 21 de febrero de 1928, esa es mi fecha de nacimiento”, fue la respuesta de Amparo Dávila al intento de “Profe Meme” de preguntarle sobre su verdadera edad. Para nosotros, sin embargo, el dato y la confirmación del verdadero año de nacimiento de la escritora zacatecana, decana del cuento en México y maestra de lo siniestro, es una oportunidad más para homenajearla, primero en 2023 y luego en 2028. Insólito, como todo lo que rodea a la gran Amparo.


Fotos: Alejandro Ortega Neri