Brett Anderson y yo

Por Citlaly Aguilar

Yo no conocí a Suede en los noventa, como la mayoría de los fans. El britpop en aquellas épocas era para mí Pulp, Oasis, Blur, Placebo y, por supuesto, Radiohead, que sonaban en las estaciones de radio más comerciales. De estas bandas, mi favorita era Radiohead, pero, hasta la fecha, nunca puedo terminar de escuchar ninguno de sus discos de corrido sin caer en una profunda depresión, así que, al reconocer que realmente no los escucho mucho, sé que los liderados por Thom Yorke tampoco han sido lo mío.


Suede me llegó por ahí de 2009, cuando escuché por primera vez el Coming Up y me enganché con “The chemistry between us”. En ese momento me sonó a una mezcla entre la voz de Brian Molko, con música de The Beatles y Duran Duran.


Con el tiempo, Suede comenzó a decirme más que ninguna otra banda. Por alguna razón, siempre he sentido una conexión profunda con sus letras, incluso en las primeras impresiones de cada canción cuando, por la horrible dicción del acento británico de Brett Anderson, es imposible saber exactamente qué dice.


Ahora, después de leer Mañanas negras como el carbón y Tardes de persianas bajadas, lo confirmo: Suede es mi banda britpopera favorita.


Ese andrógino que había visto cantar “Animal nitrate” en los videos de conciertos noventeros, casi sin camisa, cuyos hombros más de una vez quise morder, el que a más de un amigo ha hecho dudar de su heterosexualidad al verlo bailar, se me presentó de repente en la sala de mi casa para hablarme del fracaso. Y como este también es el tema de mi vida, de inmediato me enganché.


En Mañanas negras como el carbón tuve grandes momentos de intimidad con Anderson, escuchándolo hablar de su infancia, sus padres, su hermana y uno de los grandes amores de su vida: Justine, quien, dicho sea de paso, lo dejó por Damon Albarn.


En Tardes de persianas bajadas se centra más en el proceso creativo y de construcción de cuatro de sus discos más importantes, de Dog man star hasta New Morning, no sin dejar de lado las vivencias más personales y dolorosas de cada momento.

Me encanta leer autobiografías. Yo misma suelo escribir en primera persona casi siempre, por lo que considero que una clave fundamental de este subgénero literario es la honestidad, y esta, por ende, es imposible de imitar; me es ya evidente cuando hay artificios retóricos en lo que leo. Algunos tratan de ser honestos al hablar de sí mismos, pero a medio camino, el verdadero yo, ese que muchas veces es un imbécil, se esconde en el eufemismo cuando aún se intenta ser objetivo, así como en la egolatría cuando es imposible aceptarse como un ser humano común. Prueba de esto son las autobiografías New Order, Joy Division y yo, de Bernard Sumner, vocalista de New Order; Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett, vocalista de Eels; Diarios de bicicleta, de David Byrne, vocalista de Talking Heads; pero sobre todo La ira es energía, de John Lydon, vocalista de Sex Pistols, que caería en la segunda categoría que propongo, llanamente.


Con los libros de Brett Anderson tuve una experiencia única. Una sensación de cercanía que nunca antes me dio otro libro, y que, creo, se debe justamente a su honestidad. El extraño sentimiento de estar realmente con él y, no solo eso, de encontrar en él un alma gemela.


Aunque en este momento sea yo quien suene ególatra, tengo que decir que desde el momento en que leí las primeras líneas, me identifiqué con Anderson en muchas cosas: la pobreza, la familia patriarcal con el padre autoritario, el miedo, el fracaso, las interminables horas al atardecer viendo árboles, escuchando música, con la sensación de que todo eso significaría algo algún día. Su visión y la mía sobre el arte están muy ligadas a la vida, a lo cotidiano, a observar el entorno y su aura gélida y gris con estupefacción. El proceso de composición de Anderson también es muy parecido al mío: intentando crear imágenes inesperadas con combinación de palabras.


“Simplemente me gustó cómo sonaba”, dice Anderson sobre el nombre de la banda. Es lo mismo que pienso cuando lo pronuncio: Suede. Tiene una cadencia sedosa perfecta. Es la misma lógica que sigo al escribir mis propios textos.


Si vemos a Brett Anderson en sus conciertos, gritando y cantando alegremente, si revisamos sus entrevistas, pareciera que vemos a un pilar más de la cultura pop, a un hombre, incluso, engreído, aún embebido en las mieles del éxito. No obstante, al leerlo yo encontré a un cómplice.

Entre las 8 de la noche y las 3 de la mañana, que es cuando suelo trabajar, acostumbraba tener la televisión encendida en un intento inerme de sentir que había alguien ahí, en la habitación de al lado; ahora estuve acompañada por una revisión exhaustiva y cronológica de todos los discos de Suede, reviviendo a la par cada capítulo de los libros de Anderson, recordando cómo fueron construidas algunas de sus canciones. Y aunque no encontré la anécdota que dio vida a “The chemistry between us”, apenas empiezo a obsesionarme con “Heroine”, “Metal Mickey”, “New generation”, “The asphalt world” y “Sam”. Ha sido de las madrugadas más en paz que he tenido en mucho tiempo, bailando, cantando y dejándome llevar hacia el amanecer medio extasiada...

En otras épocas, Suede me acompañó por los caminos sinuosos de una relación enfermiza con New Morning, específicamente con “Obssesions” y “Posivity”; más tarde con “So young”, “The drowners” y “The wild ones”, del Dog man star. En estos días es diferente, porque ya no es el soundtrack de fondo, sino que es ya un momento de mi vida, el aquí y ahora en el que me siento más unida que nunca a su música, como no hubiera podido sentirme en los noventa.


He pasado largas horas en cafeterías y bares, comiendo y bebiendo al lado de Brett Anderson bajo luces tenues y olor a cigarro, en horas en que aún el sol cruje en los vidrios y la piel desprende ese olor tan propio de las hormonas, a punto de rozar su mano, de sentir el mechón de su cabello a media cara sobre la mía; así de cerca como nunca me he sentido de nadie.


Llegué a la última frase deseando que nunca terminara, que se quedara conmigo más, pero eso es imposible. Y he de agregar que el final es muy repentino y no hace justicia a toda la conmoción que se desbordó en las páginas previas; pero es de comprenderse que las despedidas nunca son fáciles y, por más palabras que le pongamos, en algún momento tiene que doler.


Cuando cerré el libro, tomé el celular para anotar algunos apuntes en mi blog de notas, pero en la barra de notificaciones apareció la alerta de un live desde el Facebook de Suede. Entré y pude ver a la banda en un concierto de días recientes, con lo que ahora comienzan a promocionar un nuevo disco.


Aunque la canción con la que lanzaron campaña intenta recuperar el sonido de los noventa, resulta un poco artificial; no obstante, me enternece que sigan haciendo música y, sobre todo, me entusiasma que Brett Anderson, después de todos los procesos personales y musicales que me compartió, esté haciéndome esto otra vez: emocionarme hasta el llanto.