Confrontación

Por Arlett Cancino

En las páginas finales de El segundo sexo, Simone de Beauvoir dice que la mujer se encuentra descuartizada entre el pasado y el porvenir, pues no basta sólo con la independencia económica para que una mujer se transforme; debe también asimilar y apropiarse de las consecuencias morales, sociales y culturales que conlleva esa transformación. Cuando esto no pasa, nos disfrazamos de hombres creyendo que al emular su comportamiento encontramos respeto y un espacio, pero una mujer disfrazada, como lo dice Simone, se siente incómoda en su carne de mujer y en su hábito de hombre. ¿Qué hacer, entonces? La feminista responde que es preciso que echemos una nueva piel y que cortemos nuestros vestidos.


Es precisa la confrontación, el careo constante con nosotras mismas para identificar los trapos viejos que aún portamos: costumbres, convencionalismos, juicios y críticas que nos provocan desasosiego al saber que no van acordes con una genuina definición de quién somos. La mayoría de esos juicios son nuestros, somos demasiado injustas con nuestras decisiones y comportamientos porque muchas veces decimos y predicamos posturas feministas, pero en la soledad de nuestra habitación nos sentimos irremediablemente excluidas, pues deseamos todo aquello que negamos y esa contradicción nos provoca un fuerte malestar de desarraigo.

No confrontamos de manera profunda nuestras versiones identitarias porque tenemos miedo a estar solas; aunque sabemos que debemos buscar un camino propio, nos seguimos atando a la misma vereda que históricamente se nos ha marcado. Por el simple hecho de no estar solas toleramos relaciones de poder absurdas o nos comprometemos a convenios injustos: relaciones rutinarias, matrimonios sin amor, maternidades prematuras o no planeadas.


Mientras sigamos portando ese rol tradicional femenino en lo íntimo, en la relación con nosotras mismas y con los demás, por mucha independencia económica que tengamos, seguiremos imantadas a esa imagen. Vivian Gornick menciona que entablar relaciones infelices implica un rebajamiento de nuestra persona. Afrontar la infelicidad de estar sola es una postura política en la que eliges entre el respeto a ti misma o la degradación de tu esencia.


Esto no significa que el destino de una mujer plena sea la soledad, sino que debemos ser conscientes de esa constante lucha interna en la que nos encontramos por nuestros deseos paradójicos y decidir con que sí podemos vivir y con que no; si estamos limitadas, exiliadas o disminuidas por el otro, debemos darnos cuenta de que la soledad en este caso es la alegría de una felicidad sin resacas emocionales y continuar con la muda de piel y la rasgadura de vestidos.

Simone de Beauvoir. Escritora francesa del siglo XX que en 1949 escribió El segundo sexo, obra fundamental en la historia del feminismo, pues reflexiona sobre el significado de ser mujer desde diversos puntos de vista: antropológico, biológico, histórico, psicológico, social, político, etc. Una de sus posturas fundamentales en este texto es que la mujer no nace, sino que se hace; es decir, que somos producto de la sociedad y la cultura en la que vivimos.

Vivian Gornick. Activista estadounidense adherida al movimiento feminista de los años setenta denominado Segunda Ola. Entre sus trabajos más destacados se encuentra Apegos feroces, publicado en 1987 y editado en español apenas en 2017. En este texto retrata de manera honesta la relación entre una madre y su hija, y cómo esta última se confronta para encontrar su lugar en el mundo.