Crónica de una entrevista frustrada con un grafópata

Por Alejandro Ortega Neri

La culpa la tuve yo por invocar a los dioses de la mala suerte, a los encargados de que los destinos se tuerzan. Hubiera querido no abrir la boca; apenas le contaba al escritor zacatecano Gonzalo Lizardo, con quien me reuní en un café para una entrevista por su libro El grafópata o el mal de la escritura (Era, 2020), que ya varias veces la tecnología de los celulares y sus grabadoras de voz me habían jugado mal, y entrevistas con otros narradores estaban ahora en el cementerio de las voces ahogadas en móviles muertos. Error. Horas después, el teléfono murió para no resucitar.


El Gabo decía que el periodismo es el oficio más hermoso del mundo, cómo no si de seguro grababa con aparatos de cassete que no morían súbitamente. Lo peor que le podía pasar era que a los cartuchos se les saliera la cinta, pero todo bien. Aunque, seguro hacía lo que no hice yo en esta ocasión: desconfiar de su memoria y apuntar con letra rápida en una libreta; la vieja confiable e infalible. Perdón, Gabo.


Había pensado escribir esta entrevista en el formato pregunta-respuesta, no porque considere sesudas mis interrogantes, sino por la lucidez y sapiencia de Lizardo, “el Borges zacatecano”, como lo bautizó la escritora Socorro Venegas. Y, como por ética y respeto no le pediría jamás que repitiéramos la entrevista, me dedicaré aquí a hablarles de su maravilloso libro de ensayos El grafópata… y de lo que mi memoria pudo guardar de esa conversación.


De la cotidianidad y lo onírico a la erudición en pasos que parecen fáciles, pero no lo son, así describiría que se mueve el libro de Gonzalo Lizardo. Una reunión de textos seleccionados de los tantos que ha publicado en los últimos veinte años, ya sea por cuestiones académicas, periodísticas, compromiso amistoso, la construcción de un luto, o bien, por el simple ejercicio de estilo. “Son páginas dictadas por la casualidad”, dice Lizardo en su preludio, aunque reconoce que esa casualidad ha sido dictada por su dedicación a la página escrita, por el padecimiento del mal de la escritura, por ser un grafópata.


Sobre cuatro pilares se sostiene el libro de Gonzalo Lizardo, cuatro pilares que han influido en su obra creativa, pero también entre los que deambulan, con pasos elegantes, sus días: la literatura, la música, el cine y la vida misma, esa que se resume en recuerdos, pero también en pasiones, sonidos y viajes.


Sentados pues en una mesa de un café de nombre italiano, le pregunto al autor de Corazón de Mierda la importancia que han tenido para su obra como escritor las figuras de Jorge Luis Borges, James Joyce y Salvador Elizondo, pues en el libro Lizardo dedica ensayos a estos: a Borges y la figura del autor; a Elizondo como un gnóstico, y a Joyce a través de la figura de la mujer en su obra. Para Lizardo, me dijo en el café, estos autores son fundamentales, porque más allá de lo complicado que pueda ser su obra, cada uno aboga por escribir de lo concreto que, según Lizardo, es una de las características de las que ha bebido su narrativa.


Aparecen también en El grafópata textos dedicados a la música. Quien lo conozca, sabrá de sobra que es un coleccionista, pero también un inquieto explorador de los sonidos que ha regalado la música. Al leer los ensayos que pueblan las páginas de su obra más reciente, Lizardo nos deja entrever también a un conocedor de la estructura y la composición musical, con gustos tan variopintos que van de Bob Dylan, pasando por Brian Eno hasta estacionarse en el fresnillense Tomás Méndez, su paisano.


“¿De qué hablamos cuando hablamos de música? ¿De una canción de moda o del “Himno a la alegría”? ¿De la cumbia que nos atormenta cuando viajamos en autobús, o de aquella que bailamos con placer? ¿De José Alfredo Jiménez, Ravel o Pink Floyd? No lo sé. Innumerables veces, cuando algún extraño tiene la mala fortuna de escuchar lo que yo considero música, me censura con una descarada incomprensión o me tolera con una maliciosa indulgencia. Algo parece irrefutable; nadie la escucha con los mismos oídos, nadie la procura ni la disfruta con la misma disposición de ánimo. Algún irresponsable sostuvo que se trata de un lenguaje universal. Vaya tópico: lo único universal de la música es que cada quien la escucha como desea o necesita”, escribe Gonzalo Lizardo en uno de los ensayos del libro.


Y este párrafo sirve también como respuesta a mi pregunta sobre su interés en la música, gusto que, en mi ignorancia, dije que era ecléctico, sin embargo, el escritor consideró como sincrético, ya que el eclecticismo, me dijo en el café, agarra de todo y el sincretismo se va a lo opuesto. De ahí su aforismo, otra faceta que nos deja conocer en El grafópata en el que expresa: “Cada Género tiene distinta intención estética, por la cual establece y transforma sus propias normas: sus propios valores, su propia tradición. No debe juzgarse, por tanto, la cumbia con los criterios del blues, ni juzgarse el blues con los criterios de la cumbia”.

Pregunto a Gonzalo por esa otra faceta del aforismo, un ejercicio que pienso sumamente complejo, porque es sintetizar en pocas palabras un cúmulo de sabiduría. Los aforismos “insonámbulos” que pueblan las hojas, me cuenta luego de un sorbo al café negro que descansa en la mesa, rondaron mucho tiempo su cabeza hasta que, luego de constantes revisiones, salieron a la luz. No es fácil, reconoció, pero se van tejiendo con paciencia.


El cine, sin duda alguna, es también parte importante de la vida de Gonzalo Lizardo, porque no es solamente esa obra de arte pasajera o el gran ventanal para asomarse a la visión del mundo de un cineasta, sino que también impacta tanto en la vida, al grado de que una de sus hijas se llama Viridiana por el filme del director surrealista Luis Buñuel, de quien confiesa que desde que vio Ese oscuro objeto del deseo -al lado de quien sería su esposa y madre de sus hijas-, se ha amalgamado en su inconsciente con su idea personal del amor.


Además de confesar su afición el cineasta transterrado, Gonzalo Lizardo dedica otro ensayo a su también admirado Andréi Tarkovsky y su película Stalker, un filme de ciencia ficción que considera anticipó la catástrofe que terminó con Chernóbil, por lo que aprovecha para dialogar también con la obra de la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil, y concluir que, si bien la realidad supera la ficción, también el arte es mejor que la vida, ya que “cuando el arte de la ficción consigue hacernos soñar la realidad, es capaz de darle un sentido, irónico tal vez, pero sin duda más hospitalario”.


El acto de leer, dice el chileno Alejandro Zambra, es cubrirse la cara, pero el acto de escribir es mostrarla. Incluso, diría yo, es desnudarse, mostrar hasta el alma. Y dentro de ese padecimiento que es el mal de la escritura, se encuentra esa etapa que muchas veces consiste en desgarrarse. Porque escribir es volver a andar por caminos doloroso, pero también puede convertirse en una cura, porque la palabra revive aquello o a aquellos que ya no están.


Por este rasgo, El grafópata de Gonzalo Lizardo se convierte en el libro más personal del autor; en el que más carga biográfica aparece, pues aprovecha también el ensayo para “rendir homenaje” a las personas que han marcado su vida, entre ellas, su maestro y amigo, el escritor David Ojeda, y Paty, la madre de sus hijas. Pero también para recordar las ciudades y las casas que ha habitado, partes importantes de la cartografía donde se dibuja la vida, y en las que el autor ha visto, en el caso de las primeras, ir perdiendo la inocencia entre las balas y la barbarie. Es un libro bellísimo.


Si no padecieras el mal de la escritura, Gonzalo, ¿qué otro mal te gustaría padecer? Pregunto antes de pausar definitivamente la grabadora que el destino apagaría para siempre con todo y entrevista. “Me gustaría padecer el mal del errabundo”, contesta sonriente, pues confiesa que piensa siempre en viajar, aunque, segundos después reflexiona, ha sido la misma grafopatía la que le ha permitido esto. No se puede quejar.


Nos levantamos de la mesa del café y salimos a una de las hermosas calles de Zacatecas donde le haría unos retratos para ilustrar la entrevista. Gonzalo posó a mi lente, recargado, caminando, sentado. Varios disparos salieron de la cámara. El escritor estaba fijado en pixeles. Nadie, mucho menos yo, imaginaría que para continuar con la mala racha, la memoria de la cámara se infectaría días después y, al igual que el audio de la entrevista, los retratos decidieron jugarme una broma cruel.


El gran fotógrafo Henri Cartier-Bresson advirtió que lo que se escapaba al fotógrafo era para siempre, ahí residía en gran parte el valor de dibujar con la luz. El llamado “Ojo del siglo” no contaba, sin embargo, que Gonzalo Lizardo es un escritor sumamente talentoso que unas semanas después ganaría el Premio Nacional de Novela Histórica “Ignacio Solares” 2021 por su obra monumental Memorias de un Basilisco, así es que, aprovechando que le hice otra entrevista sobre ese tema, volvimos a la misma calle y a los mismos muros para retratarlo nuevamente.


Perdona a este reportero despistado, estimado grafópata.