Cuatro semanas con Cormac McCarthy

Por Jonatan Frías


24 de julio


Hay inicios deslumbrantes y memorables: eternos. Poner aquí alguno sería una triste redundancia. El Quijote, Cien años de soledad, Pedro Páramo. Todos los conocemos de memoria. Pero este: He aquí el niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo fina y ajada. Aviva la lumbre en la cocina debería contarse entre ellos. En la primera página del libro vemos como este niño es arrojado a un mundo en llamas. No conoce ni su nombre pero su destino está echado. Es como si sus primeros pasos los diera sobre las brasas de la tierra impulsado por una bestia mitológica. No sabe leer ni escribir y ya alimenta una inclinación a la violencia ciega. Alimenta una inclinación a la violencia ciega. Hay frases que podrían estar inscritas en la Biblia.


25 de julio


Avanzo sobre las páginas despacio. Es casi como si temiera que en un paso en falso fuera a salir una víbora al acecho. Una víbora hecha de palabras. Palabras que acechan agazapadas. Avanzo y retrocedo. El chico sostiene la mirada, una mirada vuelta odio, un odio vuelto sed, una sed insaciable. Su anonimato es premeditado: el chico es la representación viva de su tiempo. Nada hay fuera de sus bordes. El chico se abre al mundo, al abismo, y el abismo le ha devuelto la mirada.


26 de julio


La prosa de McCarthy me recuerda mucho a Hemingway. Es una prosa limpia, punzante, escrita para leerse despacio. Hay que dejar que las palabras se sequen en la boca antes de decirlas. Es una prosa erosionada. Hay que leerlo jadeando, muertos de sed. De esa manera las imágenes perturban y conmueven en igual proporción. Algunas de sus descripciones me recuerdan también a Faulkner y por supuesto a Rulfo. Las mismas pulsiones. El mismo silencio rondando, los mismos demonios.


27 de julio


Si Faulkner establece un sistema de comparación narrativo que relaciona directamente a sus personajes con acciones concretas, Rulfo lo hace a partir de una presencia física y otra metafísica: una luz difuminada que nunca permite conocer la hora de las acciones (física) o de una fe ciega que no cuestiona su destino (metafísica). McCarthy lo hace a través de los estadios psicológicos y descriptivos. Se queda en medio. Sus personajes se nos revelan a partir de un sistema de pensamiento y de un código paisajístico. Muchas de las reflexiones más profundas de Holden se dan en silencio, frente a una fogata (psicológico), mientras que Glanton es un hombre de acciones. Él opera en los bordes de la luz: amaneceres o atardeceres (paisajística). Sus acciones no son claras porque él no habita el mediodía: él está siempre en la transición de la luz a la sombra.


Más tarde


Por alguna razón me puse a pensar en Heart of Darkness. Es como si Holden fuera un Kurtz que habita y que no habita este mundo. Cuando habla está en otro lado y su interlocutor es él mismo. Siempre él mismo. Su única forma de estar en el mundo es a través de la violencia. Ese es su lenguaje y ya sabemos lo que dice Wittgenstein sobre el lenguaje y la realidad. Cada paso que da Holden hacia el abismo, nosotros lo damos con él. Holden nos arrastra. Holden no espera que el abismo le devuelva la mirada: él es el abismo y él es la mirada. Es un rencor vivo.


[Quizá valdría la pena al terminar de leer el libro y volver a leer a Conrad y Faulkner. Hacer una lectura comparada. Aprovechar el impulso. Habitar entre colosos, porque ese es el terreno en el que se mueve McCarthy].


29 de julio


No cabe duda de que Glanton es un hombre valiente, casi un suicida. Aunque a diferencia de Holden, sus deseos y sus motivos sí son de este mundo. Su violencia es una consecuencia de sus intereses. A él le importa el dinero y si es capaz de matar con la más absoluta frialdad, es porque encuentra un beneficio en ese acto. Sobreviven a una emboscada y se adentran en el desierto. La prosa es lenta y maravillosa. En ese desierto el calor debe caer como plomo. No debe haber ni moscas. El silencio debe ser ensordecedor. Si antes dije que Holden es Kurtz, ahora puedo decir que Glanton es Ahab. Su voluntad es ingobernable. Nada puede detenerlo en su afán de ir tras los chiricahuas. Sus motivos, en este sentido, son puros. Va tras ellos y nada más. Disfruta lo que hace y no lo cuestiona, aunque a diferencia de Holden, él sí tiene conciencia. Encuentra en sus crímenes placer, pero no se desborda en ellos. Tiene límites. Le duele el destino del Holandés, por ejemplo. Es un hombre blanco, como él, y por tanto lo ve como un igual.


Su viaje (el de Glanton), es el viaje del héroe. Es Odiseo, sí, pero Glanton está destinado a ganarse nuestro odio. No le preocupa, puede con eso. Lo asume como una parte inevitable y nada que sea inevitable puede ser malo.


Mientras más avanzo, siento con toda claridad cómo se me llenan la garganta y los ojos de polvo caliente. Mis pulmones respiran brasas. Parece que ese es el destino de todos en esta novela.


Por la madrugada


Holden me recuerda al sheriff de No es país para viejos. Sus largos soliloquios. Su Estado mental siempre ausente. Su reflexionar sobre los hechos de este mundo desde un lugar que no puede entenderse sino como fuera del tiempo. Y tú, rojo juez, si alguna vez dijeses en voz alta todo lo que has hecho con el pensamiento: todo el mundo gritaría: “¡Fuera esa inmundicia y ese gusano venenoso!” (Nietzsche). Sus pensamientos son equivalentes a los actos. Si lo puede pensar es porque lo puede ejecutar. El pensamiento y la acción le son equivalentes, aunque sean categorías distintas: ambas le producen placer.


01 de agosto


Holden, para Nietzsche, sería el prototipo perfecto del Übermensch. Es un hombre que se ha posicionado por encima de la moral del momento e impone su propia moral. Cree en Dios, pero más como un arquetipo que como una presencia. Es un juez, no en un sentido legal, por supuesto, sino moral, que para él (para Nietzsche) tiene más.


Holden encuentra en lo malo (schlecht) una profunda debilidad y en la debilidad ve el síntoma del mal cristiano. Sobre esta idea está forjado no sólo su carácter, sino su destino. Él (acaso como una representación del ser americano) encuentra en la imposición una fortaleza y por tanto, ve en eso algo bueno (gut).

Quien se impone moral, ética, física y culturalmente: tiene derecho. Así lo ve Nietzsche y así lo entiende Holden. Su crueldad no es apasionada como la de Glanton, al contrario, para él la violencia es inevitable y nada que sea inevitable puede ser algo malo. Tampoco es un instrumento mediante el cual Dios imparte justicia, no, Holden es el mazo y es el yunque.


Exigir de la fortaleza que no sea un querer dominar, un querer-sojuzgar, un querer-enseñorearse, una sed de enemigos y de resistencias y de triunfos, es tan absurdo como exigir de la debilidad que se exteriorice como fortaleza.

Nietzsche

2 de agosto


Pienso en el chico de Meridiano de sangre y en el niño de La carretera. Qué destinos tan distintos comparte. Al primero su padre lo arroja al mundo. Al segundo su padre lo protege del mundo. Al primero nadie le dice nada y entiende que la violencia es una respuesta. Al segundo le enseñan que la violencia es sólo un acto de supervivencia. El primero no conoce los límites. El segundo tiene, aunque sea precario, un código moral, heredado de su padre. Los padres mismos son diferentes. El del primero lo odia, lo culpa de la muerte de su madre. El del segundo lo ama, lo salva de la muerte de su madre.


3 de agosto


La violencia de Meridiano de sangre es de proporciones bíblicas. Es el antiguo testamento. El juez Holden, al igual que Pedro Páramo, es un rencor vivo. Es el odio en la tierra, pero también es el hombre libre, el inocente de Zaratustra. Es el hombre que está más allá del bien y del mal. Es el hombre que se ha liberado de la culpa cristiana. Es igualmente capaz de la más terrible maldad, que de la más profunda bondad.


4 de agosto


Imponerse sobre el otro no como acto de superioridad, sino de justicia. Todos en esta novela se asumen justos. Las tres partes llevan razón. Las tres partes poseen razón. McCarthy abrió la caja y el gato no sólo estaba vivo: estaba enojado. “Lo que perdimos en el fuego lo encontraremos en las cenizas” dice Sam Chisolm en The Magnificent Seven. Aquí el fuego aún arde.


El sentimiento del bienestar del hombre a quien le es lícito descargar su poder, sin ningún escrúpulo, sobre un impotente, la voluptuosidad de faire le mal pour le plaisir de la faire [de hacer el mal por el placer de hacerlo], el goce causado por la violentación : goce que es estimulado tanto más cuanto más hondo y bajo es el nivel en el que el acreedor se encuentra en el orden de la sociedad, y que fácilmente puede presentarse como un sabrosísimo bocado, más aún, como gusto anticipado de un rango más alto.

F. Nietzsche

8 de agosto


La muerte en Meridiano de sangre es absurda y desconcertante, por eso su impacto en el lector es tan profundo. Muchas veces incluso carece de sentido, simplemente es. Simplemente ocurre. Es, para decirlo de otra manera, inexorable. Lo ciñe todo con fuego. De la muerte de Glanton podemos decir que es el destino dejando caer su mazo con todo el peso de su indiferencia sobre él y él se desmorona como un montón de piedras.


11 de agosto


Hay otro elemento que comparten McCarthy y Hemingway: la falta de humor. La violencia en Cormac es inevitable y poderosa, cierto, pero no es divertida en la forma en que sí lo es por ejemplo en el cine de Tarantino. Aquí nadie se ríe ni se asombra. Te deja completamente congelado. Pienso por ejemplo en lo bien que lo hicieron los Cohen en No country for old man y lo maravilloso que lo hizo Villeneuve en Sicario. Es una violencia brutal e inmisericorde. Pienso también en Rulfo, en Diles que no me maten. Meridiano de sangre es una puta obra maestra.


15 de agosto


Meridiano de sangre es el racismo desatado. El odio en estado puro. Americanos odiando por igual a chiricahuas que a mexicanos. Chiricahuas odiando por igual a mexicanos que a americanos. Mexicanos odiando por igual a americanos que a chiricahuas. Todo el mundo desbordado en odio. El encuentro de esos odios es estrictamente proporcional a la belleza del territorio. La belleza de la prosa se apodera del escenario y lo convierte en una experiencia estética inigualable.


Narrar quiere decir centralmente cuidar la distancia entre el narrador y la historia que se cuenta. Esa distancia define el tono de la prosa y también su punto de vista. Un ejemplo simple es el paso brusco del presente (de la narración), que deja a los elementos transcurriendo en el pasado.

R. Piglia

Más tarde


Me desbordo sobre las últimas páginas. Hago una pausa. Pongo un posillo con agua al fuego para poner café, enciendo un cigarro y en un impulso busco unos discos que me sirvan de soundtrack final: Pat Garret and Billy the Kid de Dylan, The Future de Cohen y Cash de Johnny Cash. Por alguna razón parece la música indicada para cerrar. Pero no quiero cerrar ya con el estado de contemplación y perplejidad al que me tiene sometido la novela, así que mejor cierro el libro, prolongo el placer y busco mi DVD de El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford.

¿Cómo se sale de esta conmoción?

¿Cómo seguir escribiendo cuando alguien ya hizo algo como esto?


Sólo el hombre que se ha ofrecido enteramente a la sangre de la guerra, que ha estado en el fondo del hoyo y ha visto toda suerte de horrores y comprendido por fin que la guerra habla a lo más íntimo de su corazón, sólo ese hombre es capaz de bailar.

El juez Holden

16 de agosto


Si Meridiano de sangre es primordialmente perturbadora, el final es simplemente desolador. Las palabras se pierden en la inmensidad de la noche.


17 de agosto


Cormac McCarthy no es un mito ni una leyenda, es simplemente un hombre que ha elegido el silencio. Entiendo por qué en EUA lo ven así, pero nosotros tenemos a Rulfo. Sabemos muy bien a lo que huele el llano y conocemos de sobra el sonido del silencio. Conocemos ese dolor y lo que resulta cuando se desata toda esa violencia contenida.


18 de agosto


Sin serlo, Ahora me rindo y eso es todo podría leerse como una suerte de continuación. La misma zona, las mismas injusticias, el mismo odio. La diferencia está, claro, en el punto de vista. No la banda americana, sino los últimos chiricahuas. Pero están los mismos elementos. Los mismos delirios, la misma insubordinación.


19 de agosto


El odio. El odio. El odio.