Días de desasosiego

Por Arlett Cancino


Aquí todos compartimos la angustia que significa vivir en nuestro estado, angustia que genera estrés y desesperanza, pues actualmente tres frentes importantes para la vida humana son extremadamente vulnerables para los zacatecanos: salud, seguridad y economía.


Hace unas semanas las cifras de la pandemia explotaron; miles de contagios diarios cercaban de nuevo nuestro entusiasmo por socializar, convivir y estar juntos. Las opiniones sobre el tema se polarizan entre quienes ya no le temen al virus y pesa más su necesidad de vivir fuera de sus cuatro paredes, y aquellos que han generado un temor extremo a enfermar y se aferran a mantenerse en resguardo. ¿Quién podría criticarlos? Nadie, pues en cada uno de nosotros existe una pequeña parte de esos sentires.


A principios de mes, parecía que el virus daba una tregua. Algunos dicen que es por las campañas de vacunación, ya que la mayoría de la población está inmunizada, pero ese ir y venir de los semáforos ya resulta muy sospechoso: un experimento con ratones que ven luces de diferentes colores, mientras los ojos de un científico observan y registran las reacciones de los pequeños animalitos.


Sí, respiramos un poco, dimos una pequeña bocanada, pero luego el vaticinio del informe federal publicado por Proceso se cumplió. El 26 de enero, este medio reconoció a Zacatecas como un narcoestado porque vivimos una situación de ingobernabilidad debido a las constantes muertes en manos del “crimen organizado”, y preveía, además, un aumento de esa violencia durante las primeras semanas de febrero.


Desde entonces, no hay día en que no se registren hechos violentos a cualquier hora: cuando el sol apenas se levanta, matan a alguien en una parada de camión; justo cuando se termina la jornada laboral, se asesinan hombres en un taller; durante la noche, mientras jóvenes y obreros conviven con amigos, las ráfagas los alcanzan o son secuestrados para luego abandonar sus cuerpos y, en este contexto, la desaparición de mujeres no ha cesado tampoco.

Resulta difícil levantarse e iniciar el día con entusiasmo. Aun así, te levantas, lavas tus dientes rapidísimo y te vas a la chamba, pues debías llegar hace 10 minutos. En el camino escuchas las noticias en la radio del camión o de tu coche. Te enteras del nuevo número de contagios; ya no son tantos, pero quienens no se contagiaron o murieron por el COVID, fueron secuestrados o asesinados por el crimen la noche anterior: ley de las equivalencias. De pronto el tráfico aumenta, ya no llegaste a tiempo, pues la incertidumbre de los maestros zacatecanos los ha llevado a cerrar las calles, a manifestarse porque no se les paga desde enero... y a ti ya tampoco te pagarán el día.


Los educadores se ven obligados a sumar caos a la actual situación para que sus demandas sean escuchadas. Han suspendido actividades, realizado marchas, tomado instalaciones gubernamentales, avenidas y carreteras, debido a que su pago quincenal se ha visto comprometido y retenido desde inicios de año, lo que vulnera la certidumbre económica de todo el estado.


Así que al salir de casa temes por todo: temes enfermarte, ser asesinado, no tener trabajo. Aquí todos tememos algo. Los ratoncitos son sometidos a la terapia del terror: chillan, corren, tiemblan... “No saben que la mano señalada/ del jugador gobierna su destino, /no saben que un rigor adamantino/ sujeta su albedrío y su jornada.” Jugador con bata blanca, con cuerno de chivo o con banda tricolor, es quien a capricho determina el siguiente experimento, la siguiente jugada.

Foto: Andrés Sánchez

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Los versos incluidos pertenecen al poema de Jorge Luis Borges: “Ajedrez”.


Para saber más acerca de los hilos escondidos detrás de la mitología del narcotráfico, recomiendo el libro Los cárteles no existen, de Oswaldo Zavala, quien a través de una amplia investigación periodística y académica postula que los cárteles son en realidad un dispositivo simbólico que oculta las telarañas del poder oficial.