“Dulcemente enamorada”, Los Mier

Por Citlaly Aguilar


El agua y yo siempre hemos tenido una relación difícil. Desde que mi mamá consideró que yo estaba lista para los quehaceres de la casa, aquellos que tenían que ver con mojarse me eran los más detestables: lavar la ropa o los trastes y trapear. Ya en mi adultez, aún me cuesta trabajo pedirme hacerlos.


En mi infancia, los domingos eran los peores días para estas labores domésticas. Dado que son los días en que no hay algo que hacer, que toda la gente, en teoría, está en sus hogares, suele ser cuando, si aún vives en la familia de origen, a las mamás se les ocurre hacer la limpieza general; de ahí que todavía deteste el sonido de la lavadora en las tardes dominicales, sonido infernal que significa toda la decadencia del mundo. Y, al igual que con los trastes o trapear los pisos, estas actividades dejan la desolación y el hartazgo a la vista en una sola huella maldita: la ropa mojada a la altura del vientre.


Algo bueno, sin embargo, tuvieron esas tardes de aseo familiar. Mientras todos nos apurábamos a dejar las cosas limpias, la radio sonaba a tope y una mezcla de cumbias y baladas nos acompañaron. Hay una canción que siempre asociaré con el olor de los jabones Zote y Salvo, así como al Pinol: “Dulcemente enamorada” de Los Mier, incluida en el single en el que también venía “Muñeca de ojos de miel”, lanzado en 1990.

Creo que cualquier persona que se encuentre exprimiendo el trapeador, al escuchar ese “papapara ra rá, papapara ra rá” inicial, no podrá evitar tomar de “la cintura” al artefacto mechudo y darle sus dos, tres vueltas al ritmo guapachoso de la melodía. Al menos así recuerdo a algunas de mis tías y a un par de vecinas, incluso he de confesar que gracias a esta canción (y a algunas otras), no soy tan mala bailando, pues cuando a mi papá lo agarraba la jocosidad de los hermanos Mier, me tomaba de la mano y me hacía girar de un lado a otro; esto me daba mucha risa al principio, porque mis pies se torcían y solía caerme, pero con el tiempo le agarré la onda al asunto: al parecer, había que soltar el cuerpo, dejar que la mano de mi papá me guiara y disfrutar de esa vuelta que parecía iba para la izquierda y terminaba siendo a la derecha.


En las fechas de su lanzamiento, yo aún era muy pequeña, apenas iniciándome en las artes del baile cumbianchero, así que no prestaba mucha atención ni a las letras ni a los músicos que las interpretaban. Esta música era parte de mi vida como lo eran las telenovelas de Televisa, el pan que se repartía en bicicletas o la leche que se entregaba en carretas; era tan parte de mi cotidianidad como prepararse una quesadilla o limpiar la casa.


En 1990 no reparé en lo que esta canción decía pero ahora entiendo por qué mis tías la entonaban con especial cariño en sus juventudes, no sólo mientras hacían el quehacer doméstico, sino mientras se arreglaban para salir con sus amigas a dar la vuelta en el jardín del pueblo. Ahora sé por qué asocio esta canción con párpados azules y flecos tiesos por el Aquanet -no, no me refiero a David Bowie, sino a las muchachas de aquella década-.

¿Qué significaba estar enamorada en aquellos años? A inicios de los noventa, la mayoría de las mujeres todavía creíamos en el mito del amor romántico y muchas de nuestras actividades diarias estaban encaminadas a ser partícipes. Es decir, no era casual que las labores acuosas del hogar fueran realizadas generalmente por nosotras, las esposas o hijas. Las esposas tenían que hacerlo como una responsabilidad casi exclusiva; las hijas debían aprenderlo y replicarlo. De igual modo, maquillarnos o arreglar nuestro cabello de determinada manera tenía como principal objetivo llamar la atención de aquel que, si bien nos iba, se engancharía de la trampa fatal y después de un tiempo nos llevaría a vivir a otro lugar donde, lo que no teníamos contemplado del todo, también haríamos los quehaceres que más odiábamos.


Las mujeres de mi entorno, que en 1990 estaban solteras y bailaban las cumbias de Los Mier, actualmente están casadas; el brillo de la ilusión con la que las vi entonar el “papa para ra pá” ya no existe, sólo la mancha de agua en el vientre.


Al igual que con todo lo que había en el entorno en el que crecimos, la música jugó un papel fundamental en quienes nos convertimos. Y esta canción en particular, creo, refleja en gran medida la idea de que se tenía sobre el enamoramiento de las mujeres. “Dulcemente” era sinónimo de docilidad, ingenuidad y lealtad. No es casual que la mayoría de las cumbias coetáneas tengan por protagonistas a mujeres con estas características.


A veces me entra la nostalgia por mis propias ilusiones. Suelo sentir un vuelco en el estómago al recordar las cosas en las que creía y que resultaron una mentira, pues, al igual que con Santa Claus y Los Tres Reyes Magos, con el amor romántico también pasé por el duelo; me hubiera gustado que fuera cierto, que de verdad existieran esas personas a las que mucho tiempo me esforcé en conquistar pero que nada de eso sea cierto también me ha dado mayor libertad. Al menos ahora hago las actividades del hogar más como acto de autocuidado que como una obligación o para ser evaluada como digna para otra persona.


El tiempo ha pasado y en pleno siglo XXI, mientras hago esas labores que tanto aborrezco, suelo más bien escuchar a John Mayer o a Norah Jones… El efecto no es el mismo. Aunque ahora ya no puedo separar fácilmente la letra de la música, ¿quién puede sobrevivir ante la mancha húmeda de los quehaceres con baladas en inglés que hablan de que el sol volverá a brillar algún día? No, no. Sólo Los Mier tienen la fabulosa capacidad de hacer que el agua sea un poco más amigable.


Mientras prosigo en el lavado de platos, vasos y cucharas en silencio, viene a mi mente ese coro inmortal, y cuando avanzo con una cacerola de teflón, lo revivo: mis pies sobre los pies de mi padre, moviéndose de un lado a otro, dando vueltas de aquí para allá… y vuelvo a la casa de origen, al ajetreo familiar y a ser parte de algo que ya no existe.