El día que planté a Joselo Rangel


Gabriel García Márquez decía que el oficio más maravilloso del mundo es el periodismo. Quizá tenía razón. Aunque cuando pienso en esa frase romántica, a mi lado aparece Kapuscinski, que era muy amigo del Gabo, vestido de diablo para recordarme que el periodismo no es un oficio para hacerse rico, y lo lamento.


Lo que sí no nos advirtió ninguno de los dos, es que habrá días en que el oficio te embote la cabeza y cometerás errores de los cuales, quizá, luego te arrepientas. Aun así, disfruto mucho lo que hago, más cuando me enfoco en la cuestión cultural. Y aprovechando que en Zacatecas estaba el Encuentro Regional de Narrativa me decidí a realizar una serie de entrevistas, una de ellas a Joselo Rangel, guitarrista de Café Tacvba.

Autor de los libros Crocknicas marcianas y One hit wonder, Joselo visitaba Zacatecas en su faceta de escritor más que de músico, por lo que, quién acordaban la entrevista me indicó que accedería siempre y cuando no se le cuestionara nada sobre Cafeta, lo que echó un poco abajo mi intención pues tenía planeadas algunas preguntas para hacerle sobre la banda y sobre la escritura también. Esperé respuesta.


Un bombardeo de whatsapp sacudió mi teléfono celular; eran bastantes letras pero identifiqué fácil la condición, no hablar de Café Tacvba, sino más bien de su libro el cual no he leído. Vale, pensé. Ni modo. Esperaría la hora y el lugar para la cita, como también lo hacía para una entrevista con el escritor regiomontano Antonio Ramos Revillas.


El resto de la tarde ya no llegaron más mensajes. Mientras tecleaba una nota, pensé que Joselo había reculado y decidido no dar entrevistas. Así es que, aprovechando los escasos ratos de vida social que permite este trabajo, me fui de compras con mi novia.


Sostenía algunos vestidos en la mano cuando el timbre del celular sonó. Me preguntaban en voz baja que si ya estaba cerca del Hotel Emporio, donde estaba pactada la entrevista con Joselo. No había un espejo cerca pero seguro estoy que el color de mi piel cambió. “No me avisaron” fue lo que alcancé a decir. Porque seguro estaba que así había sido. Me pidieron disculpas y con algo de molestia colgué mientras seguía paseando entre los pasillos de ropa.


Quise verificar mi versión y revisando el montón de mensajes vi uno, ahí escondido y escueto, entre los de advertencia de no preguntar sobre Cafeta, que decía que me esperaban a las 6 de la tarde en el hotel. Me derrumbé. Quizá sea de los pocos seres en la tierra a los que se le han traspapelado los whatsapp. Había dejado plantado al mismísimo Joselo Rangel.


Horas más tarde, en la mesa en que el músico compartía con BEF y Daniel Herrera sus experiencias con la música y la narrativa, me senté frente a él, y en un intercambio de miradas comencé a ficcionar que él sabía que yo fui el que lo dejó plantado, por lo que esa mirada la sentí asesina. Desvié la mía. Luego, para tranquilizarme, pensé que de todos modos la entrevista me la habían tumbado por la indicación y soy de los que no les gusta entrevistar nada más para farolear que lo hice. Por eso hay tanta entrevista vacía en los medios. Me sentí mejor. Además, no se salvó, el público fue el que le preguntó por las canciones de Café Tacvba. Ni modo.


Al día siguiente, un colega me pidió que si le podía tomar una foto. Lo hizo entregándome la cámara y después de acomodar la sensibilidad y la apertura de ésta levanté la mirada y Joselo estaba frente a mí, esperando el disparo. Sentí vergüenza, pero qué más podía hacer, ya había cometido el error de no revisar bien la conversación, pero decidí entonces escribir esta crónica porque me pareció más divertido contar que mientras Joselo me esperaba en el lobby de un hotel, yo sostenía unos vestidos en la mano.


Por cierto, mi novia se veía hermosa con el de color negro de lunares en blanco.


Por Alejandro Ortega Neri