El dilema de los erizos o la literatura que duele

Por Alejandro Ortega Neri

Foto: Cortesía del autor


Hay libros que no solamente se leen con los ojos, ni se sostienen sólo con las manos mientras se palpa su textura, sino que se llevan a cuestas con todo su peso en el alma. Libros que al llegar a la página final sacuden de tal forma que queda el cuerpo adolorido, abrazándose al ejemplar para, de vez en cuando, volver a pasar la vista por esas palabras que se incrustaron una a una en la piel como si fueran las diminutas púas de un erizo de tierra. Hay libros que duelen y este es uno de esos.


Hablo de El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022), la primera novela de Jonatan Frías, quien ya desde su libro de relatos anterior, La eternidad del instante, nos había anunciado a un autor con una prosa potente y fina, que hiere profundo como si fuera el filo de una hoja de papel. Un escritor que sabe, conoce y maneja bien el poder de la palabra que se maximiza en esta novela para dar cuenta de una historia que gira en torno a un triángulo formado por Julio, Mariana y Verónica, tres personajes con demonios propios y abismos insondables que regalan al lector paisajes iluminados por sonrisas amorosas, pero también días tormentosos ensombrecidos por las nubes más oscuras de la duda.


Con una prosa que navega en un vaivén de confesiones poéticas y dramáticas, entre escenarios crudos, en ocasiones sutilmente sombreados de ternura”, a decir de la editorial, Jonatan Frías narra con maestría, cúmulos de nostalgia y a veces arrepentimiento, los encuentros y desencuentros entre Julio y Verónica, y luego entre Julio y Mariana, parejas que caminan sobre la delgada línea que separa la felicidad de la frustración, la comprensión de la frialdad y la memoria del olvido, para reconocerse, reconstruirse y luego volver a la destrucción.


El lector es testigo en esta novela, que hiere y sana a la vez con el don de la palabra, de los ensimismamientos, el egoísmo, los reproches, las contradicciones y los autosabotajes propios de las relaciones interpersonales, todo esto mientras suena de fondo un soundtrack que también cala hasta los huesos compuesto por Bob Dylan, Leonard Cohen, Radiohead, Pixies, Patti Smith, Sonic Youth, Nirvana, Pearl Jam, Pink Floyd y Nick Cave, entre otros, que musicaliza los derrumbes en cámara lenta de Julio, Verónica y Mariana, quienes llevan la noche muy dentro.

Foto: Cortesía de la Editorial Fondo Blanco

Jonatan Frías ha logrado una primera novela que no deja tranquilo ni indiferente. Al terminarla, uno se siente empapado y adolorido porque el torrente de palabras e imágenes, sí, poéticas y tiernas pero también dolorosas, no da tregua conforme avanzan las páginas hasta que uno termina ahogado; se sufre con este tipo de novelas pero también nos recuerdan la aventura de estar vivos, sentir sin miramientos y amar “a lo desgraciado”, como suele decir su autor.


Julio, Verónica y Mariana, tan tiernos y desgraciados a la vez, han arribado lamiéndose las heridas a mi cajón de la ficción donde guardo historias que envuelven a personajes tan intensos y sutiles como ellos. Por eso, El dilema de los erizos de Jonatan Frías se va al estante en el que descansan La dulce de Dostoievsky, Con el diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet, Un vaso de cólera de Raduan Nassar, El tiempo que querría de Fabio Volo, Yo recibiría las peores noticias de tus lindos labios de Marçal Aquino, Narcisa de Jonathan Shaw y hasta ese bolero literario que es Llamadas de Ámsterdam de Juan Villoro, libros cuya trama ha girado en torno al amor y lo ha abordado con cuidado, como se debe observar un concepto tan tierno y espinoso a la vez… justo como los erizos.

Foto: Cortesía del autor