El ensayo autobiográfico es terapéutico: Citlaly Aguilar

Por Alejandro Ortega Neri

Fotos: Alejandro Ortega Neri


“Este ensayo no es la versión de quien consigue llegar a la meta entre aplausos, sino la del perdedor que sale del agua con la cabeza baja”, dice la escritora zacatecana Citlaly Aguilar Sánchez en su texto “Dentro del aire de vidrio”, en el que narra los avatares para superar su hidrofobia y aprender a nadar, pero también el miedo y el fracaso que, si bien no la ha llevado a la meta en la alberca, sí a obtener otros triunfos quizá más importantes: conocerse, ser honesta consigo y, sobre todo, perdonarse.


“Dentro del aire de vidrio”, título con el que la autora hace un homenaje a Xavier Villaurrutia, fue merecedor de la mención honorífica del Premio Dolores Castro 2021 en la categoría de Ensayo. No se trata de un texto académico sino literario, libre, en el que pululan muchas voces que acompañan a la autora en el carril de la piscina que, a veces, es como la vida misma en la que el mejor flotador es precisamente el miedo.


“El ensayo académico, que es como lo conocemos, me intimida. Buscar todas las referencias, citar con el APA nunca me ha gustado mucho. Justo después de estudiar el doctorado, sentía que mi tesis no era tan buena y esas inseguridades se ven reflejadas. Entonces pensaba, probablemente el ensayo no sea lo mío, tiene que ser para gente muy culta, disciplinada, no sé, yo tenía muchas veces esa impresión”, expresa Cit, como cariñosamente le conocen, sentada en un café del Centro Histórico de Zacatecas.


La revelación de que el ensayo sí era lo suyo, pero ese de carácter literario y autobiográfico, llegó cuando Citlaly se reconoció leyendo a otros escritores en quienes descubrió que, para hablar de varios temas, y sobre todo explorarse, partían de un formato menos rígido en el que mezclaban varios géneros. Eso llamó su atención.


Dentro del aire de vidrio en realidad ni siquiera lo comencé como un ensayo. No dije: ´voy a escribir un ensayo de que no estoy logrando aprender a nadar’. En realidad, era un diario, reflexiones que yo hacía todos los días porque me sentí como una perdedora y, obviamente, en el mundo en el que vivimos todos quieren ser ganadores, y las historias que generalmente se conocen son las de los ganadores, y eso a mí me hacía sentir mal”.

Cit comenzó con “parrafitos” en los que expresaba lo que sentía en ese momento, pero sólo para ella, “no para nadie más”, explica. Era tratar de entenderse, y quería hacerlo de la mejor manera, por lo que, echando mano de su conciencia literaria, comenzó a darle estructura hasta que se percató que llevaba ya un cúmulo de páginas que podía compartirse.


“Creo que el ensayo, al menos en mí perspectiva, es como un proceso terapéutico: ese diálogo interno que estamos teniendo, llega a tener sentido cuando lo escribes, lo ordenas, lo vas organizando por temas, aprendizajes y enseñanzas. Ya estás editando tu vida, estás aprendiendo. Eso es, básicamente, lo que vamos a ser con un psicoterapeuta, pero en el ensayo lo haces de manera escrita, y eso es muy sanador. Al menos a mí sí me ayudó mucho o me dio esa herramienta para escucharme, ordenarme y, en cierta medida, comprenderme y perdonarme”.


A pesar de que son diálogos internos para el autoconocimiento, en el ensayo intervienen también voces de otros escritores que coadyuvan a la construcción de uno mismo. En el caso de Citlaly, fueron importantes el best seller japonés Haruki Murakami con su libro “De qué hablo cuando hablo de correr” y “Una historia natural de los sentidos” de Diane Ackerman, quienes la estrujaron e hicieron entender otra forma del ensayo, ese en el que no sólo se cita, sino en el que se reflexiona con profundidad sobre la vida.


Henry Ford, Paul Auster, David Foster Wallace y Herta Müller significaron también para Citlaly Aguilar un trampolín de libertad. Leyéndolos, supo que puede escribir de lo que quiera, sobre todo, sin la rigidez y metodología estricta de la academia, aunque sí con un proceso interno de comprensión y empatía porque, si el ensayo no conmueve o no cambia la vida, considera, ese texto no prospera por carecer de pasión.

Escribir es desahogarse


En una analogía entre nadar y escribir, Cit apunta que se dio cuenta que la escritura no debe forzarse. Con este ensayo descubrió, incluso, su propio método: si en el académico se trata de ser objetivo, en el literario autobiográfico todo va sobre la honestidad, y para eso, dice, uno se vulnera y se abre.


En el caso de su hidrofobia, cuenta que tenía tanto miedo al agua que ni siquiera podía escribir sobre ello, le abrumaba, hasta que encontró en ella una conexión con el arte y la belleza al ver cómo se reflejaba la luz en la alberca. “Yo decía: ´esto ya se escribe solo, es muy bello todo lo que hay alrededor, lo único que está mal aquí soy yo´, pero, en realidad, el agua era reconfortante, era un ambiente muy agradable”.


También su relación con el agua fue muy significativa porque, dice, es “muy llorona”. El agua y la escritura están conectadas precisamente por eso, porque cuando escribe con toda la honestidad a cuestas, llora mucho. “Muchas veces se piensa en el escritor con su café y sus lentes, con su computadora y todo glamuroso. Al menos para mí, en el caso del ensayo autobiográfico, no es glamuroso. Es un desmadre, estás llorando”.


“Hubo partes que lloré mucho. Me sentía vulnerable, tonta, triste, cansada, frustrada y no precisamente por el hecho de que estaba aprendiendo a nadar, sino porque todo el proceso me movió las otras partes de mi vida que estaban moviéndose a la par. Era muy duro escribir lo que estaba sintiendo en ese momento porque estaba ligado a otros procesos, y al momento de ser honesta, lloraba mucho. Encontré en el agua esa relación con la escritura porque es un proceso de desahogarse. Cuando uno está escribiendo algo tan honesto y tan íntimo, llega esa falta de aire, ese ahogamiento en seco. La escritura es un desahogo”.


“Dentro del aire de vidrio” acompaña en el libro editado por el Ayntamiento de Aguascalientes al ensayo “Transparencias: sobre flotar en una estela”, con el que Daniela Paulina Quezada González obtuvo el primer lugar en la categoría del premio citado, un texto que se hermana con el de Citlaly Aguilar por el valor para enfrentar el miedo, en el caso de la ganadora, a la enfermedad, y por la honestidad con el que ambas autoras escriben para diseccionarse y volver a construirse siempre asidas a la palabra, al sentimiento y las emociones.