El humor negro es una especie de respiración natural: Antonio Ortuño

Por Alejandro Ortega Neri


Ayer, hoy, mañana, no importa el tiempo, las relaciones de poder que generan esbirros permanecen. Una estructura de larga duración. Esbirros todos; del jefe, del perro, los gatos, de la madre, padre, hermanos, de la policía, del asesino. Al menos así nos lo recuerda, a puñetazo de palabras, ironía y humor negro, el escritor mexicano Antonio Ortuño en su más reciente libro de cuentos titulado, precisamente, Esbirros (Páginas de Espuma, 2021).

Foto: Alejandro Ortega Neri


Un cadí que juega sus cartas ante la llegada de un nuevo visir, su sirviente que escribe como le dictan sus propias luces y el perro de éste que busca la emancipación creando su propia revolución; una trabajadora de una maquila que cree en los horóscopos mientras las desapariciones forzadas asolan su barrio; dos hermanos en busca de venganza; las relaciones de poder entre un matón, la policía y un perito, así como el trabajador freelance que se somete a un examen de sangre para su nuevo empleo temiendo lo peor y un par de agentes en un mundo futuro en el que los varones no valen nada, son algunos de los personajes que pueblan el libro Esbirros. Odiosos, corruptos, que asquean y aterran por igual, pero de quienes es difícil desprenderse y, además, se corre el peligro de verse reflejado en ellos.


Atendiendo mi llamada telefónica, en medio de una lluvia jalisciense mientras espera un Uber, Antonio Ortuño explica que la conformación de Esbirros corresponde a propuestas estilísticas diferentes: los cuentos de “Ayer”, como se titula la primera de tres partes, están escritos en un estilo libresco, tradicionalmente literario, mientras los de “Hoy” abordan la actualidad de la violencia, la vida y la supervivencia en México. En cambio, “Mañana”, parte compuesta por un solo relato, es “literatura de anticipación”, casi de ciencia ficción. La idea, precisa Ortuño, fue agrupar relatos con mayor relación entre ellos para que dieran al lector un paso “más suave” al siguiente texto.


En Esbirros encontramos la vena irónica que caracteriza a Ortuño al contar sus historias, quien también mantiene afilado el escalpelo para diseccionar y explorar las relaciones de poder a fin de moldear con el relleno personajes viles, como lo ha hecho desde El buscador de cabezas, Recursos Humanos u Olinka, su última novela. Personajes que son esbirros y, aun así, someten a otros. ¿Por qué te interesan tanto las relaciones de poder? –pregunto mientras Antonio pide al conductor del Uber que baje la música.

“Es algo que siempre me ha fascinado, incluso desde El buscador de cabezas, mi primera novela. El poder, el abuso del mismo y la carencia del mismo, y todos los forcejeos que provoca entre las personas, son para mí y siempre han sido un motivo de interés literario muy fuerte. Yo creo que porque en el fondo, en ocasiones, nos vamos con la finta y pensamos en la experiencia humana en términos de amor, de ambición, de patriotismo; le ponemos toda una serie de caretas que son simples y sencillas relaciones de poder que se dan, además, en todos los ámbitos: en la intimidad, en la pareja, en la familia, en la escuela, en el trabajo; todo eso que en ocasiones maquillamos bajo la religión, la política, la creencias, la devoción a la familia, muchas veces no son sino relaciones de poder y a mí me gusta de alguna manera mirar a la cara a ese monstruo y escribir en función a eso”.



Si alguien sabe de las presiones que exige el partidarismo para quienes escriben, ya sea periodista, creador o académico, es Antonio Ortuño, quien antes de ser el gran narrador que es actualmente, trabajó también en periódicos, y quizá la experiencia de esa presión la pueda notar el lector en los relatos que conforman la primera parte: “Historia del cadí, el sirviente y su perro”, así como “Escriba”.


“Me gustaba esa idea de explicar lo que consiste explorar esa presión, la experiencia de quien trabaja, figuradamente, con una pistola en la cabeza o quien lo hace porque persigue servirle a un amo o a un partido. Por eso en el cuento del cadí, el sirviente y su perro todo el mundo tiene una especie de superior al cual está sirviendo y al cual, al mismo tiempo, está en conflicto, mientras en ´El escriba´ se da a través del discurso que tiene que registrar este pobre cuate, haciendo la relación de hechos, la notaria de sus superiores que se pelean a través de él y jugándose la vida. Yo creo que lo captas muy bien y es algo que tiene mucho que ver de manera un poco alegórica y, desde luego, con mucha sátira con la posición de quien trabaja en medios, de quien ejerce la palabra hasta en las redes hoy en día. Todos, de alguna manera, estamos presionados y presionando a nuestra vez”.


Antonio Ortuño, ha dicho el escritor Yuri Herrera, “observa a los seres humanos con la certeza de quien sabe que debe usar ácido para llegar al núcleo” y, en Esbirros, el zapopano da cuenta de ello, sobre todo en relatos como “Temor”, “Tiburón”, “Almas blancas”, “El rastro de la nieve en tu sangre” y “Gusano”.


“Yo no trato de ser ni realista ni costumbrista, para mí lo importante es la experiencia humana. Desde luego mi experiencia humana es la de esta sociedad en la que nací y en la que sigo viviendo y que, como bien dices, tiene tantas características que aparecen referidas en estos cuentos. Creo que una de las ventajas que tiene un narrador es que la observación de la realidad siempre da para mucho y más en un país como México, que tiene tantos conflictos y todo parece estar mal a veces. Sencillamente de observar la realidad y de interpretar esa realidad se pueden hacer muchas cosas, y eso es algo de lo que a mí me interesa. De alguna forma, al escribir me estoy ficcionando contra mi realidad y entro en tensión con esa realidad, no trato de ser el escriba, no trato de registrar la cosa, sino imaginar a partir de ellas y llevarlas a sus últimas consecuencias”.


Además de hacerlo con la agudeza a la que nos ha acostumbrado, Ortuño echa mano también de la ironía, el sarcasmo y el humor negro, fino, que muchas veces nos puede servir de bocanada de aire puro en una sociedad que se construye, cada vez más, en una dictadura de lo políticamente correcto.


“Para mí el humor negro es una especie de respiración natural. Yo no sé qué tanto tenga que ver con la idiosincrasia mexicana, creo que los mexicanos somos muy burlescos; no sé si somos irónicos, y me interesa mucho más la ironía y la auto ironía que en México es más bien escasa. Es una forma de navegar en la literatura que tiene que ver con la manera que veo al mundo y al lenguaje, de esa forma y a través de ese prisma”.


Finalmente, cuando parece que su Uber ha llegado al destino salvándolo de la lluvia mas no de mi entrevista, pregunto al autor de La fila india si el cuento “Interruptor”, con el que cierra el libro y que conforma la tercera parte, nos anuncia la llegada de un escritor que experimentará la ciencia ficción, a lo que responde que los géneros y subgéneros no le interesan por sí mismos, sino que trata de encontrar las herramientas que sirvan a sus relatos y novelas específicamente.

“No tengo 15 años para ser fan de las naves o los vampiros y escribir en consecuencia de eso, pero hay muchos recursos de los que habla esa literatura de anticipación que me agradan y honro mis lecturas y a los autores que fueron importantes para mí para escribir ese tipo de cosas, pero como género no es algo que me importe particularmente”, afirma Ortuño, dueño de la pluma que está escribiendo “la mejor literatura mexicana”, de acuerdo con la editorial Páginas de Espuma.