El pacto de la violencia

Por Arlett Cancino


Hace menos de un año leí Temporada de huracanes (2017) de Fernanda Melchor, junto con Las tierras arrasadas (2015) de Emiliano Monge y No manden flores (2015) de Martín Solares, fue una casualidad que leyera varias novelas sobre la violencia en México, en específico, la violencia provocada por el narco y sus organizaciones criminales, por la pobreza y la degradación a la que empuja.


Hay quienes dicen que el contexto actual alimenta este tipo de literatura y esto ha permitido su proliferación, que la realidad en estas obras se come la ficción y, por tanto, su calidad literaria; que, a diferencia de la novela de la Revolución, en éstas no se identifica un ideal perseguido sus personajes, sino que es sólo un recuento crudo y brutal de la actualidad.


El tratamiento literario del tema de la violencia, la construcción de los personajes y su naturaleza, determinará la sobrevivencia de estas obras; por lo pronto he de advertir que tanto Melchor como Monge y Solares consiguieron asir la temática desde el centro, se ensuciaron las manos para hablar de la otra humanidad que se desarrolla en esos mundos sórdidos, por eso el desempacho de sus imágenes y lenguaje, por eso también el reflejo de nuestras propias vivencias ante la terrorismo generalizado en el que vivimos.


Algunos años antes de la publicación de estos libros, la lista de autores dedicados a este subgénero era corta y de entre ellos la presencia de mujeres era casi nula. Entre esas pocas escritoras una de las veteranas es la colombiana Laura Restrepo, dedicada durante mucho tiempo al periodismo, lo que, como sucede ahora con Melchor, alimentó toda su producción.

Leí Delirio (2004) en 2009 cuando buscaba tema de tesis para la licenciatura, al final no la escogí para mi investigación y con el paso del tiempo olvidé casi totalmente la trama y el modo que como estaba construida. Hace poco una compañera la recomendó para lectura del mes y entonces redescubrí la narrativa de Restrepo y me hizo resonancia con la de Melchor.


La novela se ambienta en la Colombia de los ochenta en manos de Pablo Escobar, con sus enjuagues para el lavado de dinero y su red criminal; a lo largo de la historia esto, de cierto modo, determina el destino de los personajes. Entre los temas que se describen, y que ahora han cobrado más relevancia, está la violencia de género representada en el asesinato de una prostituta en manos de un inválido que no tiene erección más que cuando golpean a mujer, o por medio de la esposa que prefiere mantener las apariencias antes que aceptar la infidelidad de su marido. Hay homofobia de un padre al ver que su hijo menor se comporta como bichito raro. Existe la vergüenza de ser pobre y la intrascendencia de ser un profesionista en un país en crisis.


Todos estos temas y, sobre todo, la violencia generada por el narco que contextualmente aborda la colombiana, la convierte en un antecedente para las escritoras actuales. Como ella, ahora Fernanda Melchor, en Temporada de huracanes, emplea este recurso para crear un pueblo ficticio infestado por el narco y colocar a personajes estancados en ese ambiente.


No obstante, mientras Laura se focaliza en una familia rica venida a menos, cuyas raíces genealógicas justifican el comportamiento “enfermizo” de los integrantes; Fernanda recrea un sinfín de voces que se conectan no por la sangre de sus venas, sino por la sangre derramada de un asesinato y por el hecho de estar en un lugar sin ley. Esas voces representan a los grupos marginados en una sociedad carcomida por el narcotráfico y la violencia generalizada de la que no hay escape, sino sólo la aceptación de esa perversión.


Delirio termina con la recuperación de ese mal sueño, de esa locura temporal que lleva a Agustina, la protagonista, a un viaje a sus propios recuerdos para reencontrarse, a pesar el caos de la sociedad bogotana, de nuevo cuerda. En Temporada de huracanes no existe redención, ni recuperación alguna, todo inicia con un discurso fragmentado de los personajes lleno de violencia y desenfreno, y termina con ellos hechos jirones de carne, con la crueldad bajo la piel. Con el mismo tono concluyen Las tierras arrasadas y No manden flores, en las que ni los propios perpetradores se salvan de la organización a la que pertenecen y acaban igualmente mártires, pero con los pecados propios y de sus víctimas a cuestas.


Hay quienes piensan que la brutalidad del narco va en aumento, yo soy de la idea de que siempre ha sido así de bárbara y siempre, también, ha involucrado a las instituciones, sólo que ahora no les importa evidenciarlo, por eso tampoco les molesta a los escritores representar estos pactos en sus ficciones. ¿Debería ser de otra manera?