El peligro de ser hombre o mujer a secas

Por Arlett Cancino


Desde 2009 la novela de Ignacio Martínez de Pisón, El tiempo de las mujeres había permanecido en la repisa de los libros pendientes por leer. En varias ocasiones la saqué de entre todos los demás textos en espera, la trasladé a mi mesa de noche e inicié su lectura, para abandonarla después de unas cuantas páginas. Y es que he de confesar que esta novela la adquirí confundiéndola con otra de la que ahora ni recuerdo el nombre.


La cuestión es que nunca estuve motivada por leerla hasta ahora que terminé el primer apartado narrado por María. Pisón construye su novela con tres narradores personaje: María, Carlota y Paloma. Tres mujeres con personalidades intensas y fuera de lo común con las que, de alguna u otra manera, me siento identificada y a las que en ciertas ocasiones envidio por su arrojo.


Así, en menos de una semana llegué a la mitad del libro, pues me hallaba como pez en el agua, fluyendo tranquilamente en las voces de estas narradoras a las que siento tan yo; en las que identifico sensaciones e inquietudes, deseos y frustraciones. Esta emoción me llevó a recordar todas aquellas mujeres ficcionales con las que había tenido la misma conexión, ahí estaba Emma Bovary, Ana Karenina y Kitty, Tabita y la Maga, Susana San Juan y Úrsula Iguarán; todas son seres intranquilos, transgresores y extraordinarios, todas fueron inventadas por un hombre


Cuando caí en la cuenta de este último rasgo, un cuestionamiento incómodo, pero evidente sobrevivo: ¿cómo es posible que los hombres, en este caso los escritores, nos conozcan tan bien que consiguen hacer reflejos sumamente profundos de nosotras? En ese momento mi rostro se deformó con una mueca de desagrado, sentí que traicionaba a alguien, que tal vez yo me definía a partir de la imagen de la mujer que estos autores crearon en sus ficciones y que entonces no me conocía del todo. Para deslegitimar esta idea y poder continuar con el libro, me di a la tarea de rastrear en mi cabeza personajes femeninos que también marcaron mi vida y que fueron creados por mujeres. Aparecieron Clarissa Dalloway, Defred, Elena Greco y Nunzia Cerullo, Julia Andrade y Tina Reyes.


A pesar de este hallazgo, la pregunta seguía latente con cada página de la novela de Martínez de Pisón. Dramáticamente, pero muy enserio, pensaba que mi identificación con sus personajes era la continuación de una mentira monumental sobre quienes somos las mujeres. Desilusionada cerré la novela y retomé la otra lectura de la semana: Una habitación propia. Y sin proponérmelo ahí encontré la respuesta y el sosiego que necesitaba para no quemar mis libros.


Virginia Woolf dice casi al final de su ensayo que “es funesto para todo aquel que escribe el pensar en su sexo.” Ella argumenta que en la mente de todo buen escritor convive una parte femenina y una parte masculina, que a veces prevalece una u otra y esto marca el estilo de cada uno. La presencia de estas dos facetas le permite al escritor entender ambos sexos y construir ficciones que trasciendan el tiempo y con los que sentimos una conexión duradera.


Ahí estaba la respuesta a mi preocupación. Si Flaubert, Tolstoi, Cortázar, Rulfo y García Márquez entienden de forma tan clara a las mujeres como para crear sus colosales personajes, es porque están en conexión con su “lado femenino”; están en conexión con la humanidad que nos congrega más allá del género en el que nos clasifican, idea que Woolf sintetiza al concebir a un buen escritor como un ser andrógino. Gracias a Virginia había encontrado la manera de continuar con mi lectura sin remordimientos, ni reclamos interiores.


¿Es funesto para todo aquel que lee pensar en su género? Sí, porque estará condenado a una insatisfacción total, a una parcialidad imaginativa que no lo dejará ver más allá de sus propios prejuicios, como estuvo a punto de sucederme a mí. Ser hombre o mujer a secas nos enclaustra en una sola visión del mundo, a juzgar siempre desde nuestra trinchera y a perpetuar la idea de que el otro es el enemigo. Lo legítimo es abandonar un libro porque no existe en él algo que nos revele a nosotros mismos.


Los textos que aquí, directa o indirectamente, se mencionan son los siguientes: Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Anna Karenina, de León Tolstoi; Rayuela, de Julio Cortázar; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; La señora Dalloway, de Virginia Woolf; El cuento de la criada, de Margaret Atwood; Una amiga estupenda, de Elena Ferrante; Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro; “Tina Reyes”, de Amparo Dávila; Una habitación propia, de Virginia Woolf; y El tiempo de las mujeres, de Ignacio Martínez de Pisón. Todos ellos recrean o hablan sobre las mujeres desde una amplia y diversa perspectiva