Enojo anfibio

Por Arlett Cancino


Mi abuela acostumbraba juntar a sus nietos a su alrededor para contarnos historias de fantasmas y seres extraños que habitaban la casona y el rancho en el que vivíamos. En mi mente de niña impresionable, esos seres adquirieron rasgos fantásticos. Entre esas historias las que más me impresionaban eran las que tenían que ver con reptiles como los lagartijos y los alicantes o anfibios como los ajolotes. Recuerdo que en una ocasión nos contó de la capacidad de los sapos para crecer cuando alguien los molesta.


Ellos tienen un genio horrible, tan horrible como su piel áspera y verrugosa, y su cara chata con ojos saltones y brillantes; pues bien, cuando alguien molesta a un sapo –nos decía la abuela– se infla tanto que triplica o cuadruplica el tamaño de su cuerpo, luego ya así de gigante croa fuerte y con saltos grandes persigue a quien lo molesta. Mis primos y yo con sólo escuchar esto nos encogíamos y nos acercábamos unos a otros con la imagen compartida de vernos corriendo por el monte con tal monstruo detrás.


Según la abuela, si te atrapa un sapo enojado te toma del cuello con sus manazas de dedos angulosos, te aprieta con tal fuerza hasta descargar toda su ira y ahogarte. La recomendación de la abuela era, entonces, no molestar nunca a un sapo. Yo jamás olvidé su consejo y cada que veo uno o lo escucho croar procuro no meterme en su camino, no vaya a ser que termine por enojarlo y yo quede sin aire y con las marcas de sus manos y la infección de sus verrugas en mi cuello.

Lo que jamás me advirtió la abuela fue la presencia del ese enojo anfibio en los adultos, ya cuando me integré al gremio tuve la oportunidad de verlo y padecerlo. La actitud de alguien enojado es tan extrema como la del sapo. He visto quien de ira se infla tanto que los ojos se le inyectan de coraje y adquieren un brillo infernal. Croan, algunas veces de forma condescendiente, otras a gritos y escupitajos, con toda la intención de herir con sus palabras al otro. En casos extremos, como el sapo cuando alcanza al niño, terminan por expulsar su ira siempre incomprensible a golpes, arañazos y patadas.

¿Qué es lo que hace enojar a un sapo? Pregunté alguna vez a la abuela juntando el poco valor de todos los nietos, pues yo había resuelto que no sólo basta con cambiar de camino cuando ves a uno, sino con saber cómo enfrentarlo. La abuela fue clara y respondió que todo, que cualquier cosa, como a un ser humano, hace enojar a un sapo. En aquel tiempo me pareció poco creíble, pero sin tener el arma precisa, cuando caminaba por las veredas polvosas jugando a hacer marcas con una vara y veía un sapo en medio del camino, daba la vuelta y seguía por otro lado.

Ahora es justo decir que también es el mejor remedio para evitar discutir con el sapo que habita en todos nosotros. Sáquenle la vuelta al enojo y si esto les parece imposible, váyanse al monte, súbanse a una peña y croen en la soledad hasta que ese tufo anfibio salga de su cuerpo, verán como dejan de ahorcar gente y de explotar con su propia furia.