Entre la Pascasia y el Viruñas

Por Arlett Cancino


¿Recuerdan la frustración de ser niño y no entender las decisiones ni actitudes de los adultos? ¿Sentir que veíamos el mundo como si nos perdiéramos de algo importante o lo viéramos a medias porque nadie nos explicaba qué pasaba? Recuerdo que cuando era pequeña la única realidad válida era la de los “grandes”; mi visión infantil carecía de sentido y todas mis suposiciones eran puestas en duda, pues no provenían de la voz de un adulto.


Reviví esa sensación cuando conocí a Claudia, una niña de unos 8 o 10 años que vive en una selva, un departamento invadido por plantas muy diversas que se estiran para tocarla, mientras ella trata de comprender los silencios entre sus padres. Al principio ella no me pareció una niña con la que yo jugaría, pero luego de ver su confusión ante las decisiones de los adultos, me recordé en situaciones similares.


Cuando somos niños, justificamos el miedo a la inminencia de la vida con monstruos fantásticos con los que disfrazamos a nuestros papás o los problemas que padecen. Yo, al mío, lo nombré la Pascasia; Claudia, al suyo, le reconoció como el Viruñas. Ambos surgieron de las historias que nos contaban, pero adquirieron características propias de nuestros progenitores o se convirtieron en la definición de nuestros más horribles miedos: la muerte de ellos, por ejemplo.

Claudia era una testigo inquieta ante la actitud desabrida de su mamá, quien se regodeaba todos los días en su depresión bebiendo whisky, y vaticinaba el suicido, su caída a un abismo estrecho lleno de maleza del que jamás podrían sacar su cuerpo. Una noche la neblina estaba tan cerrada que apenas si logró ver su silueta al borde del precipicio; aunque cansada de intentar cambiar su ánimo con juegos y preguntas de esto y de aquello, Claudia le tomó fuerte de la muñeca para mantenerla de este lado.


Si de niño preguntabas sobre el motivo de ciertas circunstancias en tu familia, una de dos: te decían que no entenderías o minimizaban la situación para “no preocuparte”. Si aun así te animabas a proponer una solución, hacían como si no existiera el dilema y tú fueras una niña fantasiosa con poca credibilidad. El padre de Claudia optó por lo último, hacer como si nada pasara con su madre y con eso le restó importancia a la palabra de su hija. Para este momento Claudia y yo estábamos al borde de la frustración y del miedo.


Sobrellevamos las realidades que vivimos entre juegos y pesadillas, con la expectativa y, pocas veces, con la palabra de que nuestros padres hacen lo mejor que pueden ante las circunstancias que se les presentan. Luego también nosotros crecemos y nos volvemos “grandes” y también vemos de soslayo la realidad infantil de nuestros hijos, ocultamos nuestros temores en los de ellos y esperamos que lo mejor de la vida les acontezca, aunque la vida les acontece así, entre “La Pascasia” y “El Viruñas”.


Claudia es personaje de la novela más reciente de Pilar Quintana Los abismos, ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2021.