Hard Boiled: la desesperada negación de la realidad

Por Eduardo Jacobo Bernal

“¡Soy un sujeto normal, un tipo cualquiera y normal!” es la exclamación que surge de las entrañas de Nixon ante la revelación de su verdadera identidad, pues resulta que Nixon es un recaudador de impuestos, pero también es Carl Seltz, un investigador de seguros, así como la Unidad IV, un robot asesino, programado por una corporación para deshacerse de sus rivales de negocios.


En 1990, Frank Miller y Geof Darrow publicaron, bajo el sello editorial Dark Horse Comics, una miniserie de tres números llamada Hard Boiled que ya desde el título hace referencia a un subgénero literario que se desprende de la novela negra, sólo que el “Hard Boiled” (traducido como “hervido hasta endurecerse”) se distingue por llevar sus planteamientos al extremo, con una violencia desenfrenada y con escenas eróticas llevadas al sexo explícito.


En esta obra los autores nos presentaban un futuro distópico en el que las corporaciones están por encima de la ley, los medios de comunicación se han vuelto la religión predominante y los grupos extremistas sólo quieren hacer grande a América otra vez. Como fácilmente se puede apreciar, ese futuro es hoy.


Desarrollada en la ciudad de Los Ángeles, está historia combina el ciberpunk con la novela negra y logra una visión apabullantemente fresca que, si bien, nos recuerda obras como Blade Runner, logra un enfoque nuevo basado en la respuesta del protagonista; pues aquí no se trata sólo de reivindicar a los robots como entidades inteligentes y dignas de empatía, sino de aferrarse a toda costa a la humanidad, aunque ello implique negar la realidad.


La historia es simple: la Unidad IV se encarga de asesinar a los rivales corporativos de Willeford y para mantenerlo estable se le insertan memorias de hombres comunes para quienes lo más importante es tener una esposa y dos hijos. Por su parte, la Unidad III, una mujer robot que ha cobrado conciencia de su estatus, le tiende una trampa para obligarlo a reconocer su naturaleza robótica y, tras una pelea magistralmente dibujada por Darrow -quien, vale la pena subrayarlo, da una cátedra de ilustración en este cómic-, la Unidad IV, pese a ver su envoltura humana destruida, se niega rotundamente a reconocerse como un robot.



Nixon se aferra desesperadamente a la mentira que es su vida. Las evidencias están ahí, son irrefutables, pero aun así, el protagonista se niega a reconocerlas. Ello nos trae al momento actual, en el que una buena parte de la sociedad ha encontrado en el negacionismo un modo de vida: se niega la redondez de la tierra, se niega la pandemia, se niega la evidencia científica y se buscan “remedios” mágicos. Todo ello como resultado de un adoctrinamiento mediático que nos ha vendido la idea de lo que es normal, que ha enlatado nuestras aspiraciones y nos ha dejado en la misma situación que la Unidad IV: desesperados por mantener un estatus quo, aunque ello nos cueste la vida.