Hay como un ruido de campanas y una tormenta: 19 años de la muerte de Roberto Bolaño

Por Mónica Maristain


Hay como un ruido de campanas

y una tormenta

el viejo escalofrío viene a tocar las sienes

es un hacha en el vientre bajo

la mirada que se abre hacia una multitud

me preguntaba si dormido en la escollera

como un vagabundo

fuiste desmesuradamente tierno

o apabullante

si cuando mojabas la punta del cigarro

te hacías marrón o sin sentido

todo esto es presagio

pero en la almohada hay muros

salitre

verano de medias caídas hasta los tobillos

redondeces

tendrás fiebre. punto. será así. dos puntos.

como viudos nos dejarás

y boquiabiertos


Cada vez que pienso en Roberto Bolaño, me viene a la memoria un poema que sé, precisamente, de memoria: “Definiciones para esperar mi muerte”, del gran letrista de tango y poeta argentino Homero Manzi: Sé que mi nombre resonará en oídos queridos/ con la perfección de una imagen/ Y también sé que a veces dejará de ser un nombre/ y será un par de palabras sin sentido.


Resuena en mí, sobre todo, el verso “con la perfección de una imagen”, porque a 19 años de la pérdida irreparable de Roberto Bolaño, apenas dos décadas en el tiempo infinito, casi un ayer nomás que nos tiene todavía alelados, su figura es perfecta en la evocación de tantas personas que lo quisieron.


Es difícil que el escritor que cambió el rumbo de la literatura de nuestro continente sea alguna vez “un par de palabras sin sentido”, pero aun ese verso de Manzi, descolocado frente a un ser cuya sombra se agiganta con el paso del tiempo, cobra esencia al pensar que el autor de “Los detectives salvajes” se guardaba para sí la cumbre máxima del sinsentido, el clímax del mayor absurdo; acaso ese absurdo que tan bien practicaba Alfred Jarry, un autor que le gustaba mucho.


Ay, Maristain:

Aún respiro. Y ya soy el segundo de la cola.

Besos,

Bolaño

PD: ¿Por qué no hacemos una entrevista, ligera, levísima, frívola incluso –son las que más me gustan– casi póstuma?


Ese fue el origen de la entrevista que resultó ser la última de su vida y que tanto ha corrido por las redes sociales. No fue mérito de la periodista, sino voluntad del entrevistado. Y que haya sido publicada en el mes de su muerte fue un privilegio que quiso darse el por entonces editor de Playboy México, Manuel Martínez Torres, sin duda, uno de los mejores periodistas de México y una de las mejores personas con las que me ha tocado trabajar.


Por entonces no era fácil publicar una larga entrevista a Roberto Bolaño en una revista mexicana, pero en ese mes había una portada fuerte, con una chica muy conocida, cuyo nombre se me borra a cada instante, y “Manolo” me dijo: “Rescatemos la entrevista a Bolaño, nos podemos dar ese lujo ya que vamos a vender muchos ejemplares”.


Todas las grandes cosas que pasan en la vida suelen ser fruto de gestos prosaicos y cotidianos, casuales, inesperados.


También la muerte. También las entrevistas.


No sé cómo fue que hubo un tiempo en México en que el correo con el remitente “robertoba” era estímulo para la felicidad, la alegría. Que cuide a mi madre, que salude a mi hermana, que no beba, no fume y publique, de ser posible, un cuento de Rodrigo Fresán en la revista. Que me desea suerte con la obra de teatro Sexo, drogas y rock and roll que estoy produciendo, pero que ni se me ocurra renunciar a Playboy.




Un día me escribía a la madrugada:


Querida Maristain:


Son las tres y cuarto de la madrugada, mi hija de dos años ha tosido mucho, luego ha vomitado encima mío, yo he tenido que medio desnudarme (qué triste mi pobre cuerpo al lado del de mi hija) y vestirme otra vez, luego nos hemos puesto a ver el final de La dolce vita y ahora mi hija duerme y yo te escribo.


La semana pasada estuve en Italia y una noche, mientras cenábamos en una calle de la parte vieja, me pareció que estaba dentro de una película de Fellini, que es algo que tarde o temprano sucede en Italia. Unos emigrantes tocaban el acordeón y otro instrumento improbable, puede que un timbal portátil, y la gente en las terrazas hablaba y se miraba con ese enorme amor a la vida, esa obstinación o feroz inocencia con que suelen mirar sólo los italianos (de origen o adopción). Al final se puso a llover, a cántaros, y aquello parecía el diluvio universal. Angelo Morino, que es escritor y que fue amigo de Puig, y que ha traducido algunos de mis libros, contó la historia de un amante suyo, allá por los setenta, que se fue a vivir con él y que se maravillaba de que en Turín había panaderías gay y hasta supermercados gay, lo que hablaba muy bien de la tolerancia turinesa. En realidad, este joven campesino feliz había confundido el apellido Gai o Gay (usual en el Piamonte, también en Cataluña, por otra parte) con los paraísos de San Francisco (California y también, quiero suponer, el santo de Asís). No he vuelto a leer la entrevista. En Chile quieren publicarla, tienes que decirme cuándo sale en Playboy para que los chilenos no jodan la exclusiva. Por acá todo va bien. Sigo el tercero en la cola de espera. Y leo novelas policiales alemanas en donde a la tercera página descubro al asesino y a la décima me doy cuenta de que el detective es un idiota. Recibe el fuerte abrazo de rigor y, sobre todo, cuídate mucho, es decir no bebas, no fumes, dedica tu ocio a Bach y Vivaldi, a Leopardi y Döblin.


Y a sabiendas de su enfermedad, lo regañaba por la hora (soy la mayor de 8 hermanos –como el famoso licor argentino–, me la paso regañando a todo el mundo).


Querida Maristain:


En efecto, me acuesto tarde y mis horarios son más bien los horarios de un alpinista joven y sano. Un alpinista gótico, claro está. Lector de Machen, Lovecraft, Stoker. En otra vida probablemente fui un deportista de alto riesgo. No sé cómo me las voy a arreglar cuando me cambien el hígado. Se supone que entonces tendré que tomar más de treinta pastillas diarias. ¿Cómo me acordaré? En fin, ya veremos. Tú no dejes de escribirme y contarme de vez en cuando cosas de México. Y hazme caso: menos fumar y menos beber. Y hablando de música, hay una especie de rockero brasileño que me gusta, se llama Lenine, ¿lo conoces? Recibe todos los besos, Bolaño.


Otras veces discutíamos: por Lula, por México, por los vinos argentinos, por los chilenos, que él -erróneamente– consideraba mejores que los argentinos. Y siempre cerraba las discusiones con alguna frase tierna, irresistible:


Querida Maristain:


Apostilla a la carta que te acabo de enviar. Los chilenos no son modestos. Yo soy modesto. Humilde. Un pobre ermitaño lleno de llagas. Un río de lágrimas. Un árbol seco en medio del desierto.


Besos, Roberto


Pequeña Maristain:


Es muy tarde, ya no puedo escribir cartas, sólo cuentos, buenas noches, mañana te escribo, que duermas bien, que tengas hermosos sueños, pero que tampoco sean tan hermosos como para hacerte llorar, buenas noches. Bolaño


Me enteré de la muerte de Bolaño a través de internet y porque muy temprano llamó un amigo desde España, donde filmaba una película a las órdenes de Pedro Almodóvar.


“Moni, ¿ya sabes?”, me dijo mi amigo, quien en un momento libre en el rodaje se fue a Blanes para traerme un poco de arena, agua y una postal que ahora luce enmarcada en la pared de mi estudio.


Trajo dos postales, en realidad. Una de ellas la puse en el primer altar que hice en México. La foto de Bolaño al lado del Che. Vivía entonces con mi hermana Melina en un hermoso departamento en La Candelaria, Coyoacán.


Al regresar a la casa, nos encontramos con que habían estado los bomberos, y que por poco perdemos gran parte de nuestras pertenencias en el incendio que habían producido las velas puestas en el altar de Bolaño.


Mis amigos decían: “¿Cómo se te ocurre poner a Bolaño y al Che juntos?” Debo decir que esa costumbre tan mexicana de hacer altares todos los noviembres fue un hábito que adquirí y perdí casi en forma simultánea en aquella ocasión.


Son menesteres que los naturales de este país fantástico realizan con precisión y alevosía. En una transterrada se convierten en gestos apócrifos e inútiles, además de complicados.


Más allá de las coincidencias y los escándalos domésticos, ese punto minúsculo e imperceptible que fui en la rica y estrambótica vida de Bolaño, se sintió devastado con su muerte.


De todas esas voces, me quedo con la del difunto y entrañable escritor chileno Rodrigo Quijada: “Bolaño es una de esas personas que conoces en un momento determinado de tu vida y al que puedes recordar siempre con mucha facilidad y mucho cariño. Los que conocieron a Bolaño saben que lo que estoy diciendo es cierto. Es un hombre que se echaba de menos en una tertulia. ‘Aquí debería estar Bolaño’, decíamos cuando alguien se ponía muy insoportable”.


La gran tragedia de Bolaño no es que haya muerto, sino que haya amado tanto, tanto la vida.


La gran tragedia de Bolaño es doble. Le tocó y nos toca a propios y extraños.


En este mundo insoportable, a menudo diremos, muchas veces: “Aquí debería estar Bolaño”. Pero no está.

Cortesía de Maremoto https://monicamaristain.com/hay-como-un-ruido-de-campanas-y-una-tormenta-19-anos-de-la-muerte-de-roberto-bolano/