La cal vs el Covid-19

Por Adrián Quiñones Neri

Ante la llamada “nueva normalidad” existe un sinnúmero de adecuaciones funcionales, formales o constructivas que se deben realizar en los pueblos y ciudades, desde luego, los Centros Históricos no serán la excepción. Impulsar con más ahínco distintas medidas en torno a la sostenibilidad de los sitios será apremiante; concretar planes o estrategias debidamente delineadas enfocadas a mejorar la calidad de vida de los habitantes picará las costillas a los gobiernos e instituciones para retomar y hacer del tema algo prioritario.


No se descubrirá el hilo negro, este tipo de iniciativas se han trabajado y se ha avanzado, sin embargo, no terminan de “cuajar”. Temas dejados de lado como la recuperación de espacios sociales, la relación de las viviendas entre el espacio público y el privado, la recuperación de azoteas, respetar componentes arquitectónicos como los patios y balcones o el uso y fomento de materiales y sistemas constructivos tradicionales, son algunos de los temas olvidados en las agendas que buscan proteger el patrimonio cultural, temas que sin duda, deberán desempolvarse para ser retomados e impulsados en la “nueva normalidad”.

Como una pequeña muestra de este planteamiento, sobre todo en lo referente a bienes inmuebles, está el uso y respeto de los sistemas constructivos conocidos como tradicionales, particularmente hago referencia al empleo de la cal, este material que, en mi opinión, se suele mal mirar por un amplio sector de la sociedad debido a que se le considera despectivamente como un material viejo.


Tal parece, sin embargo, que una vez más el tiempo le ha dado la razón en cuanto a sus múltiples bondades, pues además de las técnico-constructivas, posee propiedades antimicrobianas, antiparasitarias o biocidas, un componente altamente reactivo y letal para la mayoría de las bacterias virus u hongos. En este sentido, muchas industrias de alimentos en diversos países la utilizan para la desinfección de frutas y verduras, limpiar productos como latas, frascos de comida e incluso en el tratamiento de agua de consumo.


Por ello, el empleo de aplanados o pintura a la cal puede ser un aliado importante en las nuevas dinámicas o métodos de desinfección de espacios arquitectónicos; casos particulares como en algunos pueblos de Andalucía en España, desde hace siglos embellecen y blanquean fachadas de inmuebles a partir del uso de la cal bajo un sistema que busca la contención del calor y desinfección de espacios ante las epidemias que históricamente diezmaron a la población. La tradición de encalar las fachadas, dicen, se extendió aún más a la llegada de la Fiebre amarilla desde América al puerto de Cádiz, por ejemplo, asimismo, actualmente se vuelve a incidir su uso para combatir al Covid-19.


Aunque se desconoce si esta medida es 100 por ciento efectiva, pueblos como el antes mencionado la siguen utilizando, por lo que, quizá, sea buena idea plantearse su implementación en la protección sanitaria con base en los estudios y análisis necesarios para confirmar su efectividad. Lo que es un hecho, por lo menos para inmuebles de carácter histórico o elaborados con materiales como el adobe o la mampostería, el empleo de aplanados y pintura a la cal es esencial, en ese sentido, para un centro histórico como el de Zacatecas emplear este material cuenta con un estímulo más que reafirmaría su uso.

Sin tener, por el momento, los elementos fehacientes, se dice que por mucho tiempo Zacatecas estuvo pintado de blanco, encalado. Quizá este tipo de intenciones heredadas de generación en generación pudieran estar relacionados en la obtención de resultados sanitizantes. En este sentido, puede que sea prudente plantearse la posibilidad de generalizar, por lo menos en el Centro Histórico, el uso de la cal en recubrimientos como aplanados y pintura, esto, de cara al nuevo ciclo de vida post Covid-19.