La escritura como un acto de protesta: el ejemplo de las afganas


Por Arlett Cancino


Para la mujer, escribir siempre ha significado resistencia y un acto de protesta. En el mejor de los casos, resistir críticas literarias sin sustento que se hacen sobre su estilo y manejo del lenguaje, acerca de su pericia narrativa o descriptiva, en las cuales su género determina una apreciación sesgada. En la peor de las situaciones, para una mujer escribir implica resistir el castigo y la persecución, los señalamientos, las pedradas.


La mujer escribe como protesta al sistema en el que vive inmersa, puesto que al tomar la pluma ya va en contra de los preceptos que se le inculcan o con los que se le educan. La mujer escribe porque se le ha negado y tiene algo importante que decir, porque encuentra en las palabras libertad al encierro, al silencio y a la muerte; escribe porque se le da la gana hacerlo, con miedo, pero sin importarle los inconformes y los aludidos.


Las escritoras afganas son uno de los ejemplos más patentes de esta resistencia. Todas ellas son activistas que luchan por sus derechos y que se oponen al lugar que ocupan en su país. Muchas viven en el exilio o resisten en la patria que las vio nacer, otras han muerto por levantar la pluma. Por eso, en esta ocasión, quise hacer una lista de algunas autoras afganas para promover su lectura, sensibilizarnos sobre su realidad, pero sobre todo para envalentonarnos ante la contundente situación en la que nosotras, las mexicanas, también vivimos.

Malalai Joya (Farah, 1978) es activista, política y escritora. En 2005 fue escogida como miembro del parlamento de Farah y expulsada del mismo en 2007 cuando hizo comentarios “incómodos” sobre la labor de sus compañeros en dicha institución. No obstante, una larga actividad en beneficio de la mujer la precede, pues desde su adolescencia trabajó en los campos de refugiados afganos en Pakistán y el grupo por los derechos de las mujeres RAWA la ha apoyado. Ha sufrido constantes intentos de asesinato, amenazas de muerte, insultos y agresiones físicas; estos y otros acontecimientos de su vida son narrados en sus memorias: Una mujer contra los señores de la guerra (2010) que escribe con la ayuda del periodista canadiense Derrick O’Keefe.


Nadia Ghulam (Kabul, 1985) es una activista que se encuentra como refugiada en España, desde donde se ha desarrollado como escritora. En 2010 escribió la novela El secreto de mi turbante en la que narra su experiencia al hacerse pasar por su hermano muerto durante años para poder sobrevivir en la guerra civil afgana luego de que su padre enfermó. Ella tuvo que salir ocultando su género debido a las prohibiciones del régimen talibán. Otros de sus libros son Cuentos que me curaron (2014), que publicó junto con Joan Soler y en el que recopila las historias contadas por su madre en el hospital mientras se recuperaba de las heridas provocadas por una bomba; y la novela La primera estrella del anochecer (2016), basada en las vivencias diarias de mujeres que padecen el conflicto afgano desde hace más de cuarenta años.


Homeira Qaderi (Kabul, 1980) es una activista que de niña vivió bajo el régimen soviético que manejaba su país y luego en el talibán, situaciones que la impulsaron para, desde muy joven, defender abiertamente los derechos de las afganas y a poner en riesgo su vida al enseñar a las niñas a leer y escribir cuando lo tenían prohibido. Ha sido profesora de la Universidad de Kabul y de otras más. Es autora de siete libros entre los que se encuentran la novela Silver Kabul River Girl (2009) y Aqlema (2015) en las que reflexiona sobra la guerra y el exilio, situaciones que ella ha vivido durante mucho tiempo. Dancing in the Mosque (2020) es su más reciente libro, mismo que se constituye como una carta que una madre le manda a su hijo y en la que cuenta sobre la difícil experiencia de ser mujer bajo el régimen de los talibanes.


Nadia Anjuman (Herat, 1980-2005) fue una periodista y poeta asesinada a golpes por su marido y los familiares de él. De joven se reunía con otras para coser, pero en realidad se dedicaban a estudiar literatura. Sus padres la obligaron a casarse con el hombre que luego la mató. En el año de su muerte pudo publicar su libro de poemas Gol-e dudi (Flor ahumada), en el que describe la opresión de la mujer afgana. Aquí uno de sus poemas:


Oh historias trágicas

han encontrado morada en nuestros corazones.

Estos ojos tristes, estas amarillentas mejillas huecas

estas son las sombrías marcas de tu presencia

Oh ramas del dolor

Cien primaveras y otoños han ido y venido

brotes marchitos con corazones desgarrados

cien bloqueos y cien caravanas pasan

el Faraón muere y la historia de Nemrod termina

aunque todavía estés joven y fresco

recién salido del útero del jardín


Oh ardiente miseria

deja la extensión de nuestros corazones

no son las únicas cosas por las que vale la pena arder

Por vez única, pasa por la casa de otro


Oh historias trágicas

su compañía nos abruma

Si no buscan una nueva casa deben tener cuidado

Mañana nos iremos de las tristes ruinas de la vida

y ustedes quedarán miserables y descubiertas

en el limbo del tiempo

sin ninguna morada


“Historias trágicas”, recuperado de Círculo de poesía.