La minificción, el género sin fugas

Por Arlett Cancino


La palabra contiene la cosa que nombra y todos sus posibles significados. Un escritor tiene la capacidad de relacionar esos sentidos en historias con la coherencia total de un mundo verosímil o ideal. Para Cortázar era más fácil escribir novelas que escribir cuentos, porque el espacio que tiene un novelista para recrear todo el universo que rodea la trama y a sus personajes es amplio; así puede darse a la tarea de explicar y describir hasta agotar el tema abordado.


Mientras que el cuento se circunscribe a un pequeño espacio, como una fotografía, bien delimitado; espacio que el ojo del espectador/lector no puede sobrepasar porque hay un límite marcado por los márgenes de la imagen y por la concisión del cuento. En ese poco espacio, el escritor y el fotógrafo deben contarnos todo, sin agregar más de lo necesario, sólo la palabra precisa.


Una buena foto nos incluye dentro de ese mundo que retrata, nos hace partícipes de su cosmos y así, siendo personajes dentro de la imagen, conocemos qué hay más allá de los límites físicos de la realidad de la foto como objeto. Del mismo modo, un buen cuento nos narra todo con escasas palabras.


La brevedad del cuento exige una selección precisa de vocablos y una organización de los mismos que provoque en su lector la epifanía que la novela consigue en pequeñas dosis, acumuladas a lo largo de los capítulos. Los cuentistas deben concentrar sus historias en ese aleph, punto infinito donde todo cabe y no admite fugas. Aun más quienes se dedican a escribir minificción, subgénero que parte de la brevedad del cuento para llevarla a su máxima expresión.


Entre las mujeres que se dedican a esta narrativa más breve se encuentra Ana María Shua, escritora argentina que se ha convertido en un referente para los amantes y estudiosos de los microrelatos; la autora ve a este tipo de historias como pirañas, criaturas pequeñas y feroces, que si las atrapamos nos muerden con sus dientes puntiagudos, con su incisiva ironía. Sus textos se dividen en frases cortas que no dan mucha explicación para generar una trama completa:


Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás en su sueño podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.



Además de Ana María Shua, también está Cecilia Eudave, autora mexicana reconocida por sus historias fantásticas y extraordinarias, pero que siempre hablan de la naturaleza del ser humano, de sus emociones y subjetividad; con ellas rescata de la rareza cotidiana de nuestro mundo y la pone en primer plano. Para muestra de ello su microrelato “Brochetas”, donde el amor de madre es también la hiel de sus decepciones y que como hijos tragamos para luego repetir patrones:


Mi madre nunca fue buena cocinera. Todo se le quemaba, todo. Literalmente vivimos de las buenas intenciones de su desarmado amor, porque nunca pudo erguirlo, por lo menos en dirección nuestra. Y en esa necesidad idiota de demostrarle al mundo que nos quería, como una cosa natural, nos sentó a la mesa a mí, a mis hermanos, y nos sirvió para desayunar —ya les dije que no tenía ninguna noción en la cocina— su corazón en brochetas, que nos tragamos a la fuerza y a todos nos hizo repetir su mal.



Estas dos autoras apelan a nuestra experiencia humana para reconocernos en las pocas palabras de sus minificciones, bajo los vocablos precisos vemos la ironía y el desencanto de nuestras vidas, y eso nunca deja de ser cómico como bien reza la definición de este tipo de cuentos. El universo que crean, entonces, se extiende no en el papel, sino en la mente personal de sus lectores.


Las ideas de Cortázar sobre el la novela y el cuento aparecen en su conferencia “Algunos aspectos del cuento”, dictada en 1962 en La Habana. La minificción de Ana María Shua forma parte del texto Relatos vertiginosos, la de Cecilia Eudave fue recuperada de su blog.