Los perfumes en que pienso

Por Mónica Maristain

En tardes así extraño los olores del jazmín del país. Una casa en una esquina, donde vivía una vieja borracha casada con un italiano llamado Natalio. Todas las tardes pasaba por ahí y sentía ese perfume. ¿Alguien conoce ese aroma del que hablo? Los jazmines del país, que así se llaman en Argentina, creo que viven también en San Miguel de Allende y en el sur de la Ciudad de México. Una flor que es como una estrella diminuta blanca y cuando crecen, en todos los veranos, inunda el aire con su perfume.


¿Qué flores habrá en Zacatecas? A veces pienso en esos hombres que después de la albañilería se echan colonia por todos lados y mi cuerpo agarra un escalofrío de rechazo, pero cuando pienso en esos olores que hay en los aeropuertos y cuando llego al shopping elijo oler el Anaïs Anaïs o el Poison de Dior, me da vueltas la cabeza. Son carísimos esos perfumes, pero cómo me gustan. Son aromas fuertes, nada de claveles ni de rosas pálidas, un perfume para salir y que tu aroma quede mucho después de que te fuiste.


¿El olor a azúcar quemado? Hay un mate que me preparaba en Argentina: ponías el azúcar a quemar, luego arriba la yerba y el agua caliente casi hirviendo (pero ojo, el mate no lleva agua hirviendo, un grado antes) y esos ojos que se volvían uruguayos, como el mandolín del príncipe (Gustavo Pena: un cantautor maravilloso que murió como el otro compositor maravilloso Eduardo Mateo antes de ser famoso). No sé por qué uruguayos, pero como ese mate no podía ser argentino, a todo lo que no es de allí lo llamamos uruguayo.


El olor a jabón Heno de Pravia: cuando te bañas parece siempre que afuera hay una playa, un mar calmo, esa poca gente que queda después de un día de vacaciones donde todos fueron (uno contra todos o todos contra uno, es igual) a mostrarse. Había una chica con una bikini diminuta, una mujer bellísima, más tarde pregunté: ¿Qué es de la vida de aquella chica? Se suicidó, me dijeron.


¿El olor a azahar? Esas flores blancas que hay en el patio de mi casa, una evocación árabe en el nombre y un aroma perenne e intenso.

Odio el aroma de los hongos de los pies. Odio el mal aliento. Busco el feo, pero lindo aroma del ombligo. El café recién hecho, como lo hace mi roomate a las 9 de la mañana y parece que la casa cantara una canción italiana que podría ser la de Ornella Vanoni.


Amo ese perfume de Grasse, que visitamos tú y yo. Me compré una colonia de naranjas que cuando la abrías sabía a eso. ¿Por qué he perdido esa colonia? ¿Por qué he perdido el libro de Borges, que ahora lo están vendiendo por 13 mil pesos? ¿Por qué no tengo ese abrigo que me compré en Rusia, un refugio donde yo me cobijaba?


No lo sé. El recuerdo de esas cosas me define. He perdido todo, pero recuerdo todo.