“Pequeña”, Los Temerarios

Por Citlaly Aguilar Sánchez

Tres años después de mi nacimiento, es decir, en 1988, Los Temerarios sacaron un LP de dos volúmenes que fue muy exitoso. Antes, habían grabado dos discos en formato de 45 revoluciones por minuto, bajo el título Las Brisas, nombre que, dicho sea de paso, tenía un halo más enigmático y poético. El LP al que me refiero es Incontenibles que en su volumen II presentaba “Pequeña”.


Yo tenía sólo tres añitos en este mundo, que en ese entonces, en ese tiempo compuesto por dos dígitos que apuntan al infinito, Carlos Salinas de Gortari había ganado las elecciones a la Presidencia de la República el 6 de julio, luego de una jornada llena de irregularidades e inconformidad por parte de la ciudadanía, posterior a que, en 1985, el gobierno de Miguel de la Madrid, tras el terremoto del 19 de septiembre, dejara ver que la población tenía que valerse por sí misma. Curiosamente, el salinismo entró en vigor justo un año antes de que se realizara el Consenso de Washington, es decir, su planeación estaba en sus ajustes finales; eventos que marcaron significativamente mi vida, aunque yo no me diera cuenta.

Mi familia, compuesta por un padre que, a duras penas, fue becado para ser maestro normalista, una madre ama de casa y un hermano de apenas seis años, sobrevivía en una casa rentada, de la que recuerdo vagamente un portón amarillo destartalado y dos cuartitos con las paredes pintadas de un azul muy barato. Son raros los testimonios de quienes recuerdan los muy primeros años de su vida. ¿Soy una de las privilegiadas? Recuerdo el olor del vapor que desprendían los frijoles hirviendo luego de dos horas; recuerdo mi mameluco azul, heredado de mi hermano; recuerdo mi propio humor, mezcla de sudor y mugre.


Recuerdo a mi madre. Ella, tan delgada, no por decisión, sino porque era lo que había: comer poco de lo que el presupuesto mandaba. Recuerdo el olor a Pinol en los pisos recién trapeados; la canción que sonaba: “Pequeña”. Recuerdo a mi padre, porque, si había música en mi casa era por él; ahora sé que debió dedicarse a esa área, sé que el magisterio no era su vocación. Muchas veces lo vi ser vil con sus alumnos de primaria, pero nadie le dio a elegir entre una carrera u otra, sólo entre pobreza o menos pobreza. En algún punto tuvo sus propios grupos versátiles: Los Ovnis y El Clan; ambos igual de malos. Lo entiendo, mi papá intentaba encontrarse más allá de lo que su sino le había dictado. Quizá con más tiempo y dedicación lo hubiera logrado. Pero no en 1988, ni en años posteriores con una familia por mantener, con el nuevo orden mundial encima y el inicio del neoliberalismo pisándole los talones.


Y, sobre todo, de esos tiempos recuerdo un par de canciones de Los Temerarios. Cuenta la leyenda que cuando yo era una bebecilla de un año, es decir, en 1986, cada que sonaba “Pero no”, aunque ya estuviera en mi tercera siesta del día, con el REM más profundo, me despertaba bailando. Mi mamá es de las que creía que había que acostumbrar a los niños a dormir con ruido, así que dejaba la tele o la radio encendida, pero no contaba con mi febril fanatismo de la rola de los fresnillenses que en esa época estaba en su apogeo; muy tarde para ella cuando aparecía la picosa melodía. ¿Cómo volver a dormir a la latosilla? ¡Pobre!

Durante un tiempo, que mi mamá contara jocosamente esa historia con sus conocidos, me avergonzaba, pero ya soy adulta, reconozco que lo traigo en la sangre; son mis paisanos, sus letras hablan sobre la clase obrera... Por supuesto que fui al cierre de campaña de Ricardo Monreal en las instalaciones del Incufidez en 1998 -buena jugada, eh- ¿A quién voy a engañar?


El otro día que me encontré con el video de un perrito bien dolido escuchando la de “Dímelo”, que data de 1989, se me desbloqueó la infancia. Qué preciosas sinapsis hace la música, ¿no? Dignas de un apartado de la Historia natural de los sentidos, de Diane Ackerman. “Pero no”, al parecer, despertaba en mí el ritmo, la alegría y la intempestiva energía. “Pequeña”, sin embargo, no es una canción que ubique claramente en mis recuerdos. Es decir, no es tan precisa porque nadie cuenta historias mías escuchándola. No obstante, llevo tiempo reflexionando sobre mi vida, viendo la manera de darle sentido a quién soy ahora por medio del mapa de mis memorias. Yo, que odiaba cuando los psicólogos relacionaban el presente con la infancia, debo reconocer que tienen razón, muchas claves están allá, cuando fuimos una USB en blanco.


Hace poco, escuchando de mis padres la legendaria anécdota de “Pero no”, llegué a mi casa a reproducir esa melodía en YouTube y me dijo muy poco de mí. No obstante, como la aplicación no tiene filtros tan singulares, sino que se va de corrido con música relacionada, de repente reprodujo “Pequeña, de mirada triste, sonrisa, que me alegra el alma”, y algo en mí se desmoronó. En medio de una noche cualquiera, me vi llorando desconsoladamente sin saber bien a bien por qué. “Pequeña” estuvo en el soundtrack de mi infancia siempre. Pude ver las caras de mi papá y mamá, como en una película a blanco y negro, entonando la melodía con especial cariño mientras me sostenían en sus brazos.


De repente, volví a verlos con otros ojos a través del tiempo y la distancia, en un México en medio de una transición económica, sin elegantes títulos académicos, sin muchos medios para sobrevivir ni competir, sin herramientas emocionales para educar a niños, porque lo más importante era darles de comer; los vi como quienes, para bien o para mal, tenían en la música un medio para ofrecer amor.


Ante esa imposibilidad cultural, machista y materialista para transmitir cariño, uno de los medios eran las canciones, y no como ahora que podemos acceder a las narrativas mundiales, sino aquellas que sonaban en la radio local y que estaban dirigidas, precisamente, para ese público: gente común e incapaz de demostrar afectos fácilmente, es decir, personas contenidas.


Me vi llorando de repente, en medio de mi diminuta casa, sintiéndome vulnerable sin, en ese instante, saber por qué. Pero ahora lo entiendo: Los Temerarios no fueron famosos sólo porque alguien decidió invertir en ellos, sino porque tuvieron la audacia, en un momento preciso, política y culturalmente, para traducir aquello que era imposible decir directamente. Sí, realmente fueron incontenibles.


Recorro nuevamente estos versos, los repito en mi cabeza cada que siento que el mundo se me viene encima y quiero encontrar consuelo en mis padres, y acepto que ellos no saben cómo decirlo: “Si un día sientes la nostalgia, dentro, muy adentro, de tu corazón, pequeña, piensa que te quiero, que de pena muero, si te veo llorar”.