¿Por qué escribimos?

Por Jonatan Frías


A Felipe Lomelí


Hace unas semanas el escritor Felipe Lomelí publicó en su cuenta de Facebook una pregunta: ¿Qué libro escrito por un escritor o una escritora latinoamericana viva te habría gustado escribir? Sin dudar respondí: Ciudades Desiertas del maestro José Agustín y Muerte Súbita del tremendo Álvaro Enrigue. Esa noche, ya en casa, me preparé un vaso de ginebra con muchos hielos y me puse a ver una película que francamente no logró que me interesara en ella; la pregunta de Felipe seguía rondando en mi cabeza porque no es para nada un cuestionamiento gratuito: es el centro mismo de la literatura. ¿No todos escribimos porque una vez leímos alguna novela o algún cuento que nos reveló una vocación?

Uno escribe movido por un impulso que rara vez le pertenece. En mi juventud adquirí el hábito de leer sin ningún orden. Leía casi todo lo que caía en mis manos y tuve la fortuna de tener amigos que ya eran buenos lectores, así que, lo que me recomendaban, contadas veces me disgustaba. Lejos de eso, fueron años en los que andaba de asombro en asombro. Leía lo mismo a Miller que a Dostoievski, a Mishima que a Lawrence, a Thomas Mann que a Pessoa o a Kavafis. La literatura me cayó toda de golpe y, lejos de abrumarme, me intoxicó maravillosamente. Cada libro que leía me acercaba más a otro y a otro y a otro, pero ninguno me obligó a tomar una pluma y un papel: ninguno de ellos me sentó a escribir. Eso llegó con Poe, Borges y Paz. Primero intenté la poesía -como todos- con timidez y pronto me di cuenta de que mi camino iba por otro lado. La poesía es casi siempre un acto de revelación y en mi caso no obraba así. Pero de alguna manera nunca me alejé de ella. La encuentro todos los días en la prosa de Juan José Arreola y en la de Juan Rulfo.


De Cortázar aprendí que la libertad no se discute: no es negociable; de Borges, que la metafísica es otra forma de intimidad; de Paz, que la integridad, que el ser leal siempre a sí mismo, tiene un costo muy alto. De todos ellos aprendí que se debe escribir siempre para uno mismo, siempre en función de la obra, y no buscando reconocimiento, becas o premios. Escribir pensando en complacer a otros, es casi una fórmula impecable para el fracaso.


Pero en el paso de los días que me ha tomado escribir esto, me he dado cuenta de una modesta, aunque necesaria, contradicción. Sí, siempre o casi siempre, es un libro el que nos revela una vocación, pero, como dijo la maravillosa Margaret Atwood: uno escribe los libros que le gustaría leer y esos, esos, aún no están por escribirse.


Aunque, para seguir fiel a la pregunta de Felipe Lomelí, me puse a pensar en qué novelas o cuentos de algún escritor o alguna escritora viva me habría encantado escribir y sus porqués. Porque presencia no es influencia. Pensé entonces en la perturbadora experiencia que fue leer La torre y el jardín de Alberto Chimal, El monstruo pentápodo de Liliana Blum y Pájaros en la boca de Samantha Schweblin, libros que ocupan un lugar especial en mi memoria, pero no, no me veo escribiendo alguno de esos libros, y es que escribir es algo más que el gusto de la lectura: es biografía. No sólo se escribe lo que se quiere escribir, sino lo que se es y, en muchos casos, lo que se habita.


Sin duda alguna, Ciudades Desiertas es la novela que yo querría escribir. Es la historia de amor perfecta, desbordada, arrebatada y profundamente literaria. Una historia así no puede existir fuera de la literatura. Es su forma y su lenguaje lo que la sostiene, no sus eventos, ni sus personajes, por más entrañables que nos resulten. Una historia que sucede palabra a palabra, con un ritmo perfecto y una temperatura que va del escalofrío a la mayor ternura. En ese libro, sin duda alguna, sí me encuentro.

Pienso en todo lo que disfruto los libros de Antonio Ortuño, Emiliano Monge, Orfa Alarcón, Fernanda Melchor, en cómo veo en su obra las heridas más profundas de nuestra realidad, pero sé que tampoco podría jamás escribir algo como eso.


Como lector se tiene un universo abierto. Se puede proceder sistemáticamente. Comenzar, por ejemplo, con los rusos, luego los ingleses, los franceses y proceder así sistemáticamente o hacerlo obedeciendo a los impulsos. La única certeza es que el universo es infinito e inagotable.


Como escritor la cosa es totalmente diferente. Uno aspira a ser el escritor que quiere ser, pero casi siempre apenas alcanza para ser el escritor que se puede ser. Se gira alrededor de dos o tres obsesiones y se abordan desde distintas orillas y poco más.


¿Quién diablos no querría escribir, por ejemplo, una novela en la que Quevedo y Caravaggio sean sus principales -más no los únicos- personajes? Su sentido del humor es a un tiempo hilarante y corrosivo. Muerte Súbita es, por ejemplo, una novela que parece haber sido escrita a cuatro manos por Sergio Pitol y Jorge Ibargüengoitia, pero no, la escribió Álvaro Enrigue.


No son pocas las obras que me han revelado nuevas formas, nuevas ideas. No son pocas las obras que han cartografíado zonas oscuras que me eran desconocidas: Papeles sueltos de Valeria Luiselli o La pulga de satán de Mariana Orantes, por citar un par de ejemplos a la mano. La forma en que ellas han involucrado las técnicas literarias al ensayo es sorprendente. Jugar con el límite de lo que se cuenta y cómo se cuenta, de hacer literatura desde la otra orilla. Contar, pero contar bien. Demostrar que antes de especializarce para verter luz sobre algún tema o de hacer un retrato de alguna cosa o de algún evento, ellas son tremendas narradoras. Hacen de la palabra un dispositivo estético antes que un adminículo de comunicación.


Pero, sin duda, la obra que sí me habría encantado escribir con todos los huesos es Puedo explicarlo todo de Xavier Velasco. A Velasco lo leí, como casi todos los de mi generación, en 2003, cuando apareció por asalto en todos lados con Diablo guardián. En esos días yo tenía claro que para mí la suerte estaba echada. Que la vocación ya era destino. Que escribía por una necesidad irreflexiva. El descubrimiento del lenguaje en los libros de Xavier Velasco era lo que necesitaba. Para entonces todos los escritores y las escritoras que leía estaban muertos o estaban en proceso de morirse. Encontrar a alguién que escribiera desde lo más profundo de mi generación, que viera el mundo con la misma ironía con la que yo lo veía, fue deslumbrante y, sí, revelador. Esto podrá sonar torpe para la mayoría, pero a mí la lectura me llegó tarde y todavía a mis veinte años desconocía que los escritores vivían de su trabajo -cuando lo hacen-. Desde entonces lo sigo con religiosidad.


Cuando en 2010 salió Puedo explicarlo todo, con ese conejo enorme en la portada y sus más de 800 páginas, supe que algo fuerte se venía encima. He leído en tres ocasiones las aventuras de Joaquín Alcalde, Gina, la pequeña Dalila e Isaías Balboa, y las mismas tres ocasiones me han hecho reír hasta las lágrimas y estremecerme hasta la médula. Es un libro que contiene todo lo que me gusta, pero, lo dicho, uno es el escritor que puede ser y escribe, si bien le va, los libros que tiene que escribir.