¿Quién puede decir sin vergüenza que alguna vez te gustó Jorge Amado?

Por Mónica Maristain

¿Quién puede decir sin vergüenza que alguna vez te gustó Jorge Amado? Fue algo curioso, alguien en la radio nombró algunas de sus novelas y de pronto me sonrojé. Tal vez esté demasiado metida en la literatura francesa con la relectura de Sumisión, de Michel Houellebecq, tratando de ver por qué cuando lacera, cuando la pluma de un autor te daña con un cuchillo en punta, te gusta tanto.


Leí en Facebook esto de mi amigo Jonatan Frías: “Michel Houellebecq es uno de mis escritores contemporáneos favoritos. Su modo tan descarnado y pesimista de ver al ser humano me recuerda a Beckett. El mapa y el territorio es una novela decididamente moderna, también es decididamente presente. No es un accidente que Jed, su protagonista, sea fotógrafo. Si algo tiene El mapa y el territorio es una voluntad inquebrantable por verlo todo, por registrarlo todo. Llevo apenas un puñado de páginas y ya me tiene petrificado”, dice. En cierto modo, Michel a todos nos tiene petrificados. En alguna escena de una película francesa un fanático de los derechos humanos le pregunta a alguien que considera culpable: ¿Eres lector de Michel Houellebecq?


También he estado leyendo a Sylvain Tesson, ese escritor deforme que sobrevivió, no sabemos cómo, a una caída tremenda que lo ha dejado medio sordo, con la cara torcida y diciendo lo mismo que decía antes del accidente: el mundo es una mierda. Por La vida simple, Tesson pasea su pesimismo y su nihilismo en medio de una botella de vodka por la selva siberiana. Tras cartón, integra él mismo las páginas de las noticias rosas diciendo que había sido novio de la escritora Bénédicte Martin, en una relación depresiva, tóxica y blah blah (lo que dice la prensa de esta materia).


Ahora estoy entre Fabio Morábito, que acaba de sacar su libro de cuentos La sombra del mamut, y el muy francés pero de Afganistán, Atiq Rahimi, con su nuevo libro editado por Siruela e inspirado en Crimen y castigo, Maldito sea Dostoievski, en el que analiza el caos de su Kabul natal.


Ahora bien, leyendo un día a la semana a Martin Amis (releyéndolo), a Bolaño, a Lispector, a Virginia Woolf, a Rita Segato, ¿en qué lectora me estoy convirtiendo? ¿Qué lectora soy? ¿Me avergüenzo de esos que tanto amaba cuando era joven? Si alguien me diera hoy a leer a Gabriel García Márquez o a Carlos Fuentes o Gioconda Belli o Sandra Cisneros, ¿guardaría el libro en mis carpetas para que nadie viera lo que estoy leyendo?


Puedo llevar el grandioso libro de cuentos de Julio Cortázar, cualquier novela de la colombiana Laura Restrepo, tal vez uno de José Saramago (Memorial del convento), pero mis tendencias son las de las poetas rusas como Marina Tsvietáeiva o Anna Ajmátova, el rumano Mircea Cărtărescu, el argentino Fabián Casas o su compatriota Alberto Laiseca (tal vez uno de Rodolfo Fogwill, Los pichiciegos, pero sólo uno) y nunca, Clavo y canela, Tieta do agreste o Doña Flor y sus dos maridos, de Jorge Amado.


Mi amiga, la muy lectora y directora de una revista de letras, Inundación Castálida, dice que sí podría decir sin vergüenza que no le gusta Jorge Amado. Mmm. Es una puñalada a mi pregunta “un tanto inocente”.


El escritor Diego Paszkowski, autor de Tesis sobre un homicidio, El otro Gómez y Alrededor de Lorena, entre otras novelas de misterio, dice que Capitán de altura, de Jorge Amado, “es en sí una master class de novela”. Otro mmm. No he leído Capitán de altura y en el tiempo que me quede por vivir, ¿leeré alguna vez esa novela?


“Yo no puedo negar el gusto de leerlo”, dice Raúl Guerrero Bustamante. El productor musical Pelu Romero afirma que Doña Flor y sus dos maridos es un libro bisagra para mí, al menos. Lo leí a los 20 años. ¡Siempre me asombró que su primera edición es de 1966!


El escritor Juan José Rodríguez, autor, entre otras, de La novia de Houdini, Asesinato en una lavandería china y Lady Metralla, dice que “Gabriela, Clavo y Canela, su novela de Quincas Berrido Da Aguas, debería estar entre las novelas cortas que son obras maestras latinoamericanas, como Aura o El Coronel no tiene quien le escriba”.


Luego muchos elogios al escritor: Jorge Arturo Borja afirma que Viejos marineros es un excelente libro de relatos y el arquitecto Eduardo Baró que “Hacía folletines entretenidos y personajes muy cliché, pero inolvidables”


¿Desde cuándo ya no es un buen escritor?, pregunta Ricardo García López, hasta llegar al escritor Alejandro Hosne que me acusa directamente: Moni, no le digas a nadie, pero creo que la única que sintió vergüenza fuiste vos.


Sí, claro, me sonrojé al pensarlo y no vi, como sí vio mi hermana Melina Maristain, que es Caetano Veloso quien defendería la estatura de Jorge Amado. No sólo lloró el año de su muerte y le dedicó un concierto a los 100 años de su nacimiento, sino que también hizo la hermosa canción “A Luz de Tieta” para la película de Carlos Dieguez sobre Tieta do agreste, de Jorge Amado.


Me dice la coordinadora de TV UNAM, Estela Alcántara, que ella leyó “Gabriela, clavo y canela, pero no sé si ahora la vería de la misma manera”. Tal vez eso pase, uno se olvida de muchos escritores que fueron sustanciales para su formación.


“Jorge Amado nació en Itabuna, Brasil, en 1912 y murió en Salvador de Bahía, en 2001. Licenciado en Derecho, ejerció como periodista y participó activamente en la vida política de su país. En 1946, Jorge Amado formó parte de la Asamblea Constituyente como diputado del Partido Comunista de Brasil. Estuvo en prisión a causa de sus ideas progresistas y, entre 1948 y 1952, vivió exiliado en Francia y Checoslovaquia.


Sus primeras obras, de un tono marcadamente realista, profundizan en las difíciles condiciones de vida de los trabajadores, en particular de los marineros, los pescadores y los asalariados del cacao; la explícita voluntad de denuncia social que anima estas novelas permite integrarlas en el llamado “realismo socialista”.


La novela más significativa de este período, considerada por algunos como su obra maestra, es Tierras del sinfín, ambientada en una plantación de cacao. Con el tiempo, su prosa fue incorporando elementos mágicos, humorísticos, eróticos y, en definitiva, humanos, aunque sin abandonar nunca el componente de denuncia.”


(Elena Fernández: Biografía de Jorge Amado. Barcelona, España, 2004.)