Robar libros, el oficio más romántico

Por Alejandro Ortega Neri

El ofrecimiento vino después de una cena sublime cuyos sabores nos pasearon a Arazú y a mí por el mediterráneo: una ensalada con nueces, quesos y un aderezo orgásmico, acompañada, como segundo plato, de una Lasaña exquisita. Clericot para beber y un tiramisú como postre en el reconocido restaurante zacatecano Mykonos. La noche era redonda y sabrosa, pero faltaba la cereza en el pastel.


Luego de pagar la cuenta, Édgar, quien amablemente nos atendió en una noche pandémica como los únicos clientes en el lugar, me dijo sin miramientos: “Te cambio un libro por una reseña”. Extasiado aún por la cena no atiné a entender en un primer momento, luego reparé en que ofrecía regalarme su novela Los ladrones, editada magistralmente por el sello Exmáquina a finales de 2019, si le prometía una reseña de la misma y, estimado Édgar, no sé si sea tan buena como la cena de aquella noche del 11 de septiembre o como tu novela, pero aquí está.


Los ladrones de Édgar Khonde es un libro iniciático que bien puede leerse como una novela de aventuras o como una obra en la que el lector más avezado se sentirá en el paraíso, ese que imaginó Borges. La historia reúne a Adrián, Teo, Baldo, Lizbeth, Ce y Mariana, una banda de ladrones de libros que trabajan para Red, el dueño de una librería de viejo, sustrayendo ejemplares de diversas temáticas y autores de las librerías que la Ciudad de México tiene regadas en su extenso cuerpo. No roban por necesidad, roban por fetiche, porque tiene la posibilidad de hacerlo, pero también para resignificar esos objetos hermosos que muchas veces, entre la cantidad ingente de producciones y mesas de novedades, quedan olvidados.

Entre las páginas de Los ladrones iremos conociendo a cada uno de los personajes, sobre todo Adrián, quien recién llegado a la capital no sólo continuará con su pasado de roba libros que lo acecha, sino que también se convertirá en el escribano de las andanzas de la banda, junto a quienes sentimos la adrenalina inigualable del robo del libro, el amor, el descubrimiento de la amistad, los primeros escarceos eróticos y los destinos empecinados en torcerse.


A la vez iremos desentrañando a su autor, un apasionado del lenguaje, los libros y la literatura. Y es que Khonde aprovecha para verter ahí sus lecturas y sus autores, pero también su relación con ese objeto que es el libro, que puede ir desde el amor más sublime hasta el desprendimiento más desparpajado.


Como ejemplo de lo anterior, el título de la novela es el mismo del primer capítulo de El juguete rabioso, quizá LA HISTORIA de ladrones de libros por antonomasia, escrita por el gran Roberto Arlt. Aunque también las andanzas de la banda por las librerías de viejo de la Ciudad de México nos recuerdan a Arturo Belano, Ulises Lima y al poeta García Madero, los inolvidables personajes de Los detectives salvajes de su admirado Roberto Bolaño, quienes también solían robar libros y leerlos hasta cuando se daban un regaderazo, en una muestra más de la relación del lector con el objeto.


Para Khonde, según la novela, “robar libros, después de todo, era el oficio más romántico en el que se podía pensar” y “el robo de un libro era un acto contestatario”, mucho más cuando se perpetra en las grandes cadenas cuyos precios están muy por encima de los sueños de los lectores. De ahí que también el autor y sus personajes aboguen por las copias en PDF y la desaparición de la figura del autor, ya que “lo trascendental de la literatura era su existencia y el flujo de posibilidades que ofrecía”, dice el narrador.

“A veces escaneaba textos y libros que consideraba deberían estar en línea para consulta pública. Había tenido problemas con una editorial que le exigió bajar el PDF de uno de los libros. Digitalizó 2666 y a los pocos días de subirlo, el departamento jurídico se puso en contacto por Twitter con él: ´Estaríamos agradecidos si borra este archivo´. Adjunto al mensaje venía la dirección electrónica donde Teo hospedó el PDF. Les contestó con otro tuit: ´No me agradezcan nada, no voy a borrarlo”, escribe Khonde, quizá, en uno de los pasajes autobiográficos de la novela, caso curioso, porque el día que me la regaló estaba la polémica por el tuit de Fernanda Melchor, en el que pedía que en vez de regalar su Temporada de huracanes en PDF, regalarán las nalgas.


Los ladrones de Édgar Khonde es un excelente postre contra la opresión del tedio por el encierro de la pandemia, contra la ansiedad y el temor, porque su estructura de novela de aventuras nos conduce a los pasillos de esas viejas librerías que poseen todos los ejemplares que no nos han cabido en la mochila o en las bolsas de la chamarra; nos transmite la adrenalina del hurto, de la pasión por ejemplares invaluables, del amor por esa maldita ciudad. Pero también, con su estilo cuidado, elegante y frenético a la vez, mantiene al lector al filo hasta que la novela llega a su fin como un nocaut técnico, con sabor a desánimo, a derrota.


También es una buena obra para repensar nuestra relación con los libros como objetos, pensarse como lectores y, por qué no, también como autores, pues, como dice el narrador, lo trascendental de la literatura son las posibilidades que brinda. En mi caso, después de una suculenta cena de cocina mediterránea en días de pandemia y de un postre que supo a Italia, Los ladrones fue un delicioso digestivo para soportar la “nueva normalidad”. Por eso, si va a cenar al restaurante Mykonos, pregunte por el señor Khonde y no deje de pedirle este platillo, no se va a arrepentir.